"Basta que busquéis el reinado de Él
y los demás os lo darán por añadidura".
Lc 12, 31
Hay un deseo común, que es el cumplimiento
de lo que se cree que va a dar felicidad al
yo, al ego. Ese dese es apego, porque
ponemos en él la seguridad, la certeza de
la felicidad. Es el miedo el que nos hace
desear agarrar con las manos la felicidad,
y ella no se deja agarrar. Ella es. Esto
sólo lo descubrimos observando, bien
despiertos, viendo cuándo nos mueven los
miedos y cuándo nuestras motivaciones son
reales. Si nos aferramos a los deseos, es
señal de que hay apego.
El apego habrá perdido la batalla cuando
lo descubras, y ya no tendrá el poder que
la inconciencia le daba. Tú mandarás
sobre él.
La aprobación, el éxito, la alabanza, la
valoración, son las drogas con las que
nos ha hecho drogadictos la sociedad, y
al no tenerlas siempre, el sufrimiento
es terrible.
El día en que entres de pleno en tu
realidad, el día en que ya no te resistas
a ver las cosas como son, se te irán
deshaciendo tus ceguedades. Puede que aún
sigas teniendo deseos y apegos, pero ya
no te engañarás.
La base del sufrimiento es el apego, el
deseo. En cuanto deseas una cosa
compulsivamente y pones todas tus ansias
de felicidad en ella, te expones a la
desilusión de no conseguirla.
El estar despierto y mirar sin engaños
no quiere decir que desaparezca tu
programación, sino que allí estará,
pero la verás claramente, y al apego
lo llamarás apego, y a lo que creías
amor lo llamarás egoísmo.
No existe necesidad de ser popular. No
existe necesidad de ser amado o aceptado.
No existe necesidad de estar en posición
de relevancia o de ser importante. Éstas
no son necesidades humanas básicas. Son
deseos que nacen del ego -el yo
condicionado-, del mío. Algo profundamente
incrustado en ti. Tu yo no tiene interés
en estas cosas. Él ya tiene todo lo que
necesita para ser feliz. Todo lo que
necesitas es concientizarte de tus apegos,
de las ilusiones que esas cosas son, y
estarás en camino hacia la libertad. Las
cosas son lo que son. No son mías, tuyas o
de él. Esto es una mera convención entre
nosotros.
No has de apegarte a ninguna cosa, ni a
ninguna persona, ni aun a tu madre, porque
el apego es miedo, y el miedo es un
impedimento para amar.
Cuando un arquero dispara simplemente por
deporte, aplica toda su destreza. Cuando
apunta hacia un premio de oro, queda ciego,
perde la razón, ve dos blancos.
Su habilidad no cambió, pero sí el premio.
Se preocupa más por vencer que por tirar.
Y la necesidad de ganar lo vació de poder.
La ambición quita poder.
La felicidad es tu esencia, tu estado
natural y, por ello, cuando algo se
interpone, la oscurece, y sufres por
miedo a perderla. Te sientes mal, porque
ansías aquello que eres. Es el apego a
las cosas que crees que te proporcionan
felicidad lo que te hace sufrir.
Lo malo es que la mayoría equipara la
felicidad con conseguir el objeto de su
apego, y no quiere saber que la felicidad
está precisamente en la ausencia de los
apegos, y en no estar sometido al poder
de ninguna persona o cosa.
Si buscas ser feliz, procura no perseguir
tus deseos, porque ellos no son respuesta
para tu vida. Para ser feliz abandona tus
deseos o transfórmalos, entendiendo
perfectamente su limitado valor. La
realización de los deseos trae alivio y
bienestar, no felicidad.
La raíz de todo sufrimiento es el apegarse,
el apoderarse. Apegarse no es más que
proyectar el ego, el mío sobre alguna cosa.
Tan pronto como proyectas el yo en algo, el
apego se instala. Cuando retiramos lentamente
las palabras "yo, mío, a mí" de nuestras
propiedades, campos, ropas, sociedad,
congregación, país, religión, de nuestro
cuerpo, de nuestra personalidad, el resultado
es liberación, libertad. Cuando no hay yo,
las cosas son lo que son. Dejas que la vida
sea vida.
Tu no tienes que impresionar a nadie,
nunca más. Estás completamente cómodo con
todo el mundo, no deseas nunca más nada de
nadie. El no cumplimiento de tus deseos no
te hace infeliz.
Si comprendieses tus deberes, apegos,
atracciones, obsesiones, predilecciones,
inclinaciones, y si te desprendieses de
todo eso, el amor aparecería.
- Anthony de Mello -
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