Todo hombre de este planeta está siempre iniciándose en el amor. «Os doy un nuevo mandamiento, que os améis
los unos a los otros».
Ouspensky dijo en Tertium Organum, que el amor es un fenómeno cósmico que abre al hombre la cuarta
dimensión, que es «el mundo de las maravillas».
El verdadero amor es desinteresado y está exento de todo miedo. Se derrama sobre el objeto de su afecto sin que
pida nada a cambio. Su alegría está en la alegría de dar. El amor es Dios que se manifiesta con la gran fuerza
magnética del Universo. El amor puro, exento de todo egoísmo, atrae a aquello mismo que le pertenece; no busca
ni pide nada.
Nadie, por así decirlo, tiene siquiera una pequeña idea del verdadero amor. El hombre es egoísta, tiránico y
temeroso en sus afectos, y pierde, por este mismo hecho, a aquel que ama.
Los celos son el peor enemigo del amor, pues la imaginación se desencadena, empuja al ser amado hacia otro, e
infaliblemente esta clase de miedos desvían la realidad si no logran ser debidamente neutralizados.
Una joven señora profundamente afligida vino a buscarme y me dijo que el hombre al que ella amaba la había
abandonado por otra, diciéndole que nunca tuvo la intención de casarse con ella. La mujer se sentía lastimada por
los celos y el resentimiento y me dijo que deseaba que él sufriera lo mismo que ella estaba sufriendo, y añadió:
«¿Cómo me ha podido dejar a mí, que le amaba tanto?».
Yo le respondí: «Usted no le amaba. En realidad, usted le odiaba».
Y añadí: «Jamás puede recibir si antes no da, dé un amor perfecto y recibirá un perfecto amor». Aproveche esta
ocasión para perfeccionarse, ofrezca un amor perfecto, sin egoísmos, sin pedir nada a cambio, no le critique, ni le
ordene nada y bendígalo donde quiera que se encuentre».
«No —respondió ella—, yo no lo bendigo, ¡a menos que sepa dónde está!».
«Bien —le dije—, eso significa que éste no es el amor verdadero. Cuando aprenda lo que es el amor verdadero,
ese mismo amor verdadero le será entregado por ese hombre, o bien por otro que será su equivalente, pues es
posible que este hombre no sea la selección divina. Usted no lo querrá más. Así como es una con Dios, es una
con el amor que le pertenece por derecho divino.» Los meses pasaron y las cosas permanecieron como estaban,
pero, mientras tanto, mi amiga trabajaba concienzudamente en ella misma. Yo le dije: «Cuando desaparezca la
crueldad de usted, él también dejará de ser cruel, pues usted la atrae aquí por sus propias emociones».
A continuación, le hablé de una Fraternidad de la India donde sus miembros no dicen jamás «Buenos días», sino
«Yo saludo a la divinidad que hay en usted». Ellos saludan a la divinidad existente en todo hombre, así como en
los animales de la selva, que no pueden jamás causarles daño alguno, pues los miembros de esta fraternidad
creen que Dios está presente en todo ser viviente.
Luego añadí: «Salude a la divinidad que hay en ese hombre, y diga conmigo: "Sólo veo su ser divino; lo veo tal
como lo ve Dios, perfecto, hecho a Su imagen y semejanza».
Mi amiga comentó más tarde que había encontrado un nuevo equilibrio y así pudo librarse de su resentimiento. El
hombre al que ella amaba era capitán, y siempre le llamaba «Cap».
Un día que vino a verme, mi amiga me dijo en voz alta: «Que Dios bendiga al "Cap" donde quiera que esté».
«Ahí está el verdadero amor —me apresuré a declararle—. Y allí donde esté se hará un "círculo completo" y esta
situación no volverá a suceder. Finalmente usted obtendrá su amor o atraerá a su equivalente.»
Por aquella época tuve que cambiar de piso, y me quedé sin teléfono durante una temporada. Por lo tanto, no tuve
más noticias de ella durante algunas semanas. Luego, una mañana, recibí una carta en la que me decía: «Nos
hemos casado».
Me apresuré a. visitarla y mis primeras palabras fueron: «¿Cómo volvió él?».
«¡Oh! —exclamó ella—, ¡pareció un verdadero milagro! Un buen día me encontraba con la sensación de que todo
el dolor me había dejado. Esa misma noche lo encontré y me pidió que me casara con él. Nos casamos unos
ocho días después y jamás he visto a un hombre tan enamorado.»
Un viejo proverbio dice: «Ningún hombre es tu enemigo, ningún hombre es tu amigo, todos los hombres son tus
propios maestros.»
Es necesario ser impersonal y aprender de cada uno lo que cada uno tenga para enseñarnos; en resumen, una
vez que aprendamos las lecciones, seremos libres.
Este hombre enseñó a esa mujer un amor desinteresado que cada persona, tarde o temprano, debe conocer.
El sufrimiento no es necesario para el desarrollo del hombre. El sufrimiento es más bien el resultado de la
violación de la ley espiritual, pero son pocas las personas capaces de despertarse del «sueño del alma», sin
sufrimiento. Cuando la gente se siente feliz suele ser, por regla general, egoísta y, automáticamente, la ley del
karma entra en acción. El hombre sufre en seguida las pérdidas porque le falta la capacidad para la autocrítica.
Una de mis conocidas tenía un marido encantador, a pesar de lo cual ella decía a menudo: «No me agrada el
matrimonio; no tengo nada que criticarle a mi marido, pero la vida conyugal no me interesa para nada».
Esta persona se interesaba por otras muchas cosas. Apenas se acordaba de que tenía un marido. Sólo se
acordaba de él cuando le veía. Un buen día, él le comunicó que se había enamorado de otra mujer y que había
decidido dejarla. Ella acudió a verme de inmediato, desolada y llena de amargura.
«Esto es precisamente el resultado de cómo ha pronunciado usted la palabra —le dije—. Dijo bien claramente que
no apreciaba la vida conyugal. En consecuencia, su subconsciente trabajó para liberarla.»
«Sí —admitió ella—. Ahora lo comprendo. Primero se consigue aquello que se desea, y luego no hace una más
que quejarse.»
No tardó en aceptar esta situación, al comprender que ella y su marido eran más felices estando separados.
Cuando una mujer se vuelve indiferente o critica a su marido, es cuando deja de ser la inspiración para él; éste,
privado de las alegrías de los primeros tiempos de su unión, se siente desamparado e infeliz.
Un hombre deprimido, infeliz y pobre vino a consultarme. Su mujer se interesaba por las «Ciencias de los
Números» y había llevado a cabo un estudio sobre un tema numérico. Por lo visto, el resultado de su estudio no
era favorable, pues me comentó: «Mi mujer me dijo que no llegaré jamás a ninguna parte por que soy un "dos"».
Yo le respondí: «Su número me es completamente indiferente. Usted es una idea perfecta del Entendimiento
Divino, y nosotros le pediremos el éxito y la prosperidad que le han sido preparados por la Inteligencia Infinita».
Al cabo de pocas semanas, el hombre se encontraba en una situación excelente y, uno o dos años más tarde,
logró un éxito brillante como hombréale letras. Nadie puede tener éxito en los negocios a menos que los ame. La
tela que el pintor pinta por amor al arte es la más bella obra. Es necesario desaconsejar siempre aquello que sólo
sirve para hacer «hervir la marmita».
Ningún hombre puede atraer el dinero si lo desprecia. Muchos de los que se mantienen en la pobreza declaran:
«El dinero no me interesa, yo no guardo ninguna consideración por los que lo tienen».
Aquí está la explicación del porqué muchos artistas son pobres, porque menosprecian el dinero y, entonces, el
dinero se aparta de su camino.
Me acuerdo de haber escuchado a un artista decir de un colega: «Ése es un artista sin valor, pues tiene una
abultada cuenta en el banco».
Esta actitud mental separa al hombre de sus riquezas. Para atraer una cosa hacia sí, sea cual fuere, es necesario
estar en armonía con ella.
El dinero es una manifestación de Dios que nos libera de la necesidad y de las restricciones, pero debe
mantenerse en circulación y ser utilizado para buenas finalidades.
Atesorar y ahorrar traen consigo reacciones fuertemente desagradables.
Eso no significa, sin embargo, que no se deban poseer inmuebles, tierras, acciones y obligaciones, pues «los
graneros de los justos estarán llenos»; pero no debemos ser ahorrativos si se nos presenta una ocasión para
gastar, o si el dinero fuera necesario para algo. Al dar libre curso al dinero que tenemos, al hacerlo sin miedo y
alegremente, se abrirá la vía que traerá más, pues Dios es nuestra más infalible e inagotable riqueza.
Aquí está la actitud espiritual que debemos tener en relación con el dinero y el Gran Banco del Universo. ¡No
fallará jamás!
Una película titulada Greed (Avidez) nos ofrece un buen ejemplo de avaricia. La heroína de la historia ganó cinco
mil dólares en una lotería, pero no quería gastarlos. Amontonó y abarrotó, dejando sufrir y morir de hambre a su
marido, quien terminó viéndose obligado a buscar en la basura para sobrevivir.
Amar el dinero por sí mismo se colocó en el lugar más bajo de todos. Una noche, ella fue asesinada y le robaron
todo su dinero.
Aquí encontramos un buen ejemplo en el que «el amor por el dinero es la base de todos los males». El dinero, en
sí mismo, es bueno y beneficioso, pero cuando se lo utiliza con finalidades destructivas, cuando se lo acumula y
atesora, o bien cuando se lo considera como más importante que el amor, se convierte en una verdadera causa de
la enfermedad, de la tristeza y, finalmente, de la pérdida del propio dinero.
Siga el camino del amor y todas las cosas le serán dadas por añadidura, pues Dios es Amor, y Dios es nuestra
verdadera riqueza; en cambio, si sigue el camino del egoísmo y de la avidez, la riqueza desaparecerá, o bien
usted mismo se verá separado de ella.
Conozco el caso de una mujer muy rica que ahorraba todos los beneficios que obtenía. Raras veces hacía
cualquier donación, pero, en cambio, compraba sin parar objetos de todo tipo.
Se sentía particularmente atraída por los collares. Una de sus amigas le preguntó un día cuántos tenía. «Sesenta
y siete», respondió ella. Los compraba y los guardaba en cualquier parte, seguramente en un papel de seda. Eso
sería legítimo si los hubiera lucido, pero ella violaba la ley de la circulación; sus armarios estaban llenos de ropa
que jamás utilizaba.
Los brazos de esta persona se fueron paralizando progresivamente porque se apegaba muy ávidamente a todos
estos objetos. Al cabo de poco tiempo se la consideró incapaz de gestionar su propia fortuna y ésta le fue
retirada.
He aquí un buen ejemplo de cómo se suscita una pérdida por ignorancia de la ley.
Toda enfermedad y toda tristeza provienen de la violación de la ley del amor. Los boomerangs del odio, del rencor
y de la crítica se revuelven contra nosotros mismos llenos de enfermedad y dolor. El amor es como un arte
perdido, pero aquel que conoce la ley espiritual sabe que debe reconquistarlo, pues sin amor, él mismo no es más
que «un címbalo que resuena».
Una de mis alumnas, por ejemplo, trabajó conmigo durante muchos meses para liberar su consciente del rencor.
Llegó hasta un punto en el que no odiaba más que a una sola persona. Liberarla era algo difícil de lograr. Sin
embargo, poco a poco, mi alumna fue encontrando el equilibrio y la armonía que necesitaba, y un buen día
desaparecieron todos sus resentimientos.
Ese día ella llegó radiante a mi casa y exclamó: «¡Usted no puede imaginar lo que me ha pasado! La persona que
yo odiaba me ha dicho algo muy desagradable y, en lugar de dejarme arrastrar por la furia, me mostré gentil y
llena de amor; entonces, ella se disculpó y ¡fue absolutamente encantadora conmigo! ¡Nadie podría imaginar lo
bien que me siento ahora!».
El amor y la buena voluntad son inestimables en los asuntos humanos.
Una empleada vino a desahogarse conmigo sobre su jefa que, según ella, era fría, muy crítica y sin amor alguno.
«Bien —le aconsejé—, salude entonces a la divinidad que hay en ella y envíele pensamientos de amor.»
Ella me respondió: «Imposible, es una mujer de mármol».
«¿Usted se acuerda de la historia del escultor que reclamó un cierto bloque de mármol? —le repliqué— . Cuando
le preguntaron para qué lo quería él respondió: "Porque hay un ángel dentro de ese mármol", y logró crear una
maravillosa obra de arte.»
«Bien —dijo mi visitante—, lo intentaré.» Una semana más tarde, volvió a verme: «He hecho lo que usted me
aconsejó y he podido comprobar que esta señora es más buena conmigo; me llevó a dar un paseo en su coche.»
Ciertas personas están llenas de remordimientos por haber hecho algún mal a alguien, a veces durante muchos
años.
Si este mal no puede ser reparado, su efecto puede ser neutralizado haciendo el bien a cualquier otra persona en
el presente.
«Si hago una cosa, olvidando lo que ya pasó y me dirijo al porvenir.»
La tristeza, el remordimiento y las lágrimas destruyen las células del cuerpo y envenenan la atmósfera del
individuo.
Un buen día, una señora que experimentaba una profunda tristeza, me pidió: «Tráteme para que pueda vivir feliz y
contenta, pues mi tristeza me hace ser irritable con los miembros de mi familia, y recibo enseguida los golpes del
karma.»
Así pues, me pidió que la tratara como se trataría a una madre que llora por su hija. Yo negué toda creencia en
las pérdidas y las separaciones, y afirmé que Dios era la alegría de esta mujer, su amor y su paz.
Ella recuperó inmediatamente su equilibrio, y al cabo de poco tiempo su propio hijo vino a decirme que detuviera el
tratamiento, pues actualmente ella se sentía llena de alegría.
Vemos, una vez más, cómo el entendimiento mortal se adhiere a sus propios dolores y lamentaciones.
En otra ocasión, una persona perteneciente a mi familia hacía alarde, sin parar, de las tristezas que la abrumaban,
hasta el punto de que siempre tenía algo de lo que quejarse.
Antaño, si una mujer no se hacía cargo de sus hijos, pasaba por no ser una buena madre.
Hoy sabemos bien que las continuas quejas de las madres son precisamente las verdaderas responsables de las
enfermedades y accidentes que les ocurren a sus hijos.
El miedo, en efecto, imagina fuertemente la enfermedad o la situación temida, y estas imágenes, si no son
neutralizadas debidamente, terminará por materializarse.
Bienaventurada la madre que puede decir sinceramente que entrega a su hijo entre las manos de Dios, sabiendo,
en consecuencia, que él está divinamente protegido. Ella proyecta así una especie de fuerza protectora sobre su
hijo.
Una mujer se despertó súbitamente en plena noche, presintiendo que su hermano se encontraba en un grave
peligro. En lugar de ceder a sus temores, afirmó la Verdad y se dijo a sí misma: «El hombre es una idea perfecta
del Entendimiento Divino, y él está siempre en su verdadero lugar; por lo tanto, mi hermano está en el su
verdadero lugar, divinamente protegido».
Al día siguiente se enteró con asombro que su hermano se había encontrado muy cerca de una mina donde se
había producido una gran explosión, de la que él, afortunada y milagrosamente, se había salvado.
Es así como nosotros mismos somos los guardianes de nuestros hermanos (por el pensamiento) y cada uno
debe saber que el objeto de su afección «reside en las Alturas, y reposa a la sombra del Todopoderoso».
«A aquel que no espera ningún mal, no le sucederá mal alguno.»
«El amor perfecto expulsa el miedo. Aquel que teme no es perfecto en el amor.»
Finalmente, «el amor es el cumplimiento de la Ley».
- Florence Scovel Shinn -
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