Todos hablan de libertad. Distintas personas, diferentes razas y
distintos países luchan por la libertad en todo el mundo. Pero
¿qué es la libertad? En Estados Unidos decimos que vivimos en
un país libre. Sin embargo, ¿somos realmente libres? ¿Somos
libres para ser quienes realmente somos? La respuesta es no,
no somos libres. La verdadera libertad está relacionada con el
espíritu humano: es la libertad de ser quienes realmente somos.
¿Quién nos impide ser libres? Culpamos al Gobierno, al clima, a
nuestros padres, a la religión, a Dios... ¿Quién nos impide, realmente,
ser libres? Nosotros mismos. ¿Qué significa, en
realidad, ser libres? A veces nos casamos y decimos que
perdemos nuestra libertad, pero cuando nos divorciamos,
seguimos sin ser libres. ¿Qué nos lo impide? ¿Por qué no
podemos ser nosotros mismos?
Tenemos recuerdos de tiempos pasados en los que éramos
libres y disfrutábamos de ello, pero hemos olvidado lo que
verdaderamente significa la libertad.
Si vemos a un niño de dos o tres años, o quizá de cuatro, descubrimos
un ser humano libre. ¿Por qué lo es? Porque hace lo
que quiere hacer. El ser humano es completamente salvaje,
igual que una flor, un árbol o un animal que no ha sido
domesticado: ¡salvaje! Y si observamos a estos seres humanos
de dos años de edad, descubrimos que la mayor parte del
tiempo sonríen y se divierten. Exploran el mundo. No les da
miedo jugar. Sienten miedo cuando se hacen daño, cuando
tienen hambre y cuando algunas de sus necesidades no se ven
satisfechas; pero no les preocupa el pasado, no les importa el
futuro y sólo viven en el momento presente.
Los niños muy pequeños no tienen miedo de expresar lo que
sienten. Son tan afectuosos que, si perciben amor, se funden en
él. No les da miedo el amor. Esta es la descripción de un ser
humano normal. De niños, no le tenemos miedo al futuro ni nos
avergonzamos del pasado. Nuestra tendencia natural es
disfrutar de la vida, jugar, explorar, ser felices y amar.
Pero ¿qué le ha pasado al ser humano adulto? ¿Por qué somos
tan diferentes? ¿Por qué no somos salvajes? Desde el punto de
vista de la Víctima, diremos que nos ocurrió algo triste, y desde
el punto de vista del guerrero, diremos que lo que nos sucedió
fue normal. Lo que pasa es que el Libro de la Ley, el gran Juez,
la Víctima y el sistema de creencias dirigen nuestra vida, y ya
no somos libres porque no nos permiten ser quienes realmente
somos. Una vez nuestra mente ha sido programada con toda
esa basura, dejamos de ser felices.
Esta cadena de aprendizaje que se transmite de un ser humano
a otro, de generación en generación, es muy corriente en la
sociedad humana. No culpes a tus padres por enseñarte a ser
como ellos. ¿Qué otra cosa podían enseñarte sino lo que
sabían? Lo hicieron lo mejor que supieron, y si te maltrataron,
fue debido a su propia domesticación, a sus propios miedos y a
sus propias creencias. No tenían ningún control sobre la
programación que ellos mismos recibieron, de modo que no
podían actuar de otra forma.
No culpes a tus padres ni a ninguna otra persona que te haya
maltratado en la vida, incluyéndote a ti mismo. Pero ya es hora
de poner fin a ese maltrato. Ya es hora de que te liberes de la
tiranía del Juez y de que cambies los fundamentos de tus
propios acuerdos. Ya es hora de que te liberes del papel de
Víctima.
Tu verdadero yo es todavía un niño pequeño que nunca creció.
En ocasiones, cuando te diviertes o juegas, cuando te sientes
feliz, cuando pintas, escribes poesía o tocas el piano, o cuando
te expresas de cualquier otro modo, ese niño pequeño
reaparece. Estos son los momentos más felices de tu vida:
cuando surge tu yo verdadero, cuando no te importa el pasado y
no te preocupas por el futuro. Entonces eres como un niño.
Pero hay algo que cambia todo esto: son lo que llamamos
responsabilidades. El Juez dice: "Espera un momento, eres
responsable, tienes cosas que hacer, tienes que trabajar, tienes
que ir a la universidad, tienes que ganarte la vida". Nos
acordamos de todas estas responsabilidades y la expresión de
nuestro rostro cambia y se ensombrece de nuevo. Si observas a
unos niños que juegan a ser adultos, verás de qué manera se
transforma la expresión de su cara. Un niño dice: "Juguemos a
que soy un abogado", e inmediatamente adopta la expresión del
adulto. Si asistimos a un juicio, esas son las caras que vemos, y
eso es lo que somos. Sin embargo, todavía somos niños, pero
hemos perdido nuestra libertad.
La libertad que buscamos es la de ser nosotros mismos, la de
expresarnos tal como somos. Sin embargo, si observamos
nuestra vida, veremos que, en lugar de vivir para complacernos
a nosotros mismos, la mayor parte del tiempo sólo hacemos
cosas para complacer a los demás, para que nos acepten. Esto
es lo que le ha ocurrido a nuestra libertad. En nuestra sociedad,
y en todas las sociedades del mundo, de cada mil personas,
novecientas noventa y nueve están totalmente domesticadas.
Lo peor de todo es que la mayoría de la gente ni siquiera se da
cuenta de que no es libre. Algo en su interior se lo susurra, pero
no lo comprende, y no sabe por qué no es libre.
Para la mayoría de las personas, el problema reside en que
viven sin llegar a descubrir que el Juez y la Víctima dirigen su
vida, y por consiguiente, no tienen la menor oportunidad de ser
libres. El primer paso hacia la libertad personal consiste en ser
conscientes de que no somos libres. Necesitamos ser
conscientes de cuál es el problema para poder resolverlo.
El primer paso es siempre la conciencia, porque hasta que no
seas consciente no podrás hacer ningún cambio. Hasta que no
seas consciente de que tu mente está llena de heridas y de
veneno emocional, no limpiarás ni curarás las heridas y
continuarás sufriendo.
No hay ninguna razón para sufrir. Si eres consciente, puedes
rebelarte y decir: "ya basta". Puedes buscar una manera de
sanar y transformar tu sueño personal. El sueño del planeta es
sólo un sueño. Ni tan siquiera es real. Si entras en el sueño y
empiezas a poner en tela de juicio tu sistema de creencias,
descubrirás que la mayor parte de las creencias que abrieron
heridas en tu mente ni siquiera son verdad. Descubrirás que
durante todos estos años has vivido un drama por nada. ¿Por
qué? Porque el sistema de creencias que te inculcaron está
basado en mentiras.
Por ello es muy importante para ti que domines tu propio sueño;
este es el motivo por el que los toltecas se convirtieron en
maestros del sueño. Tu vida es la manifestación de tu sueño; es
un arte. Y puedes cambiar tu vida en cualquier momento si no
disfrutas de tu sueño. Los maestros del sueño crean una vida
que es una obra maestra; controlan el sueño a través de sus
elecciones. Todo tiene sus consecuencias, y un maestro del
sueño es consciente de ellas.
Ser un tolteca es una forma de vivir en la cual no existen los
líderes ni los seguidores, donde tú tienes y vives tu propia
verdad. Un tolteca se vuelve sabio, se vuelve salvaje y se
vuelve libre de nuevo.
Existen tres maestrías que llevan a la gente a convertirse en
toltecas. La primera es la Maestría de la Conciencia: ser
conscientes de quiénes somos realmente, con todas nuestras
posibilidades. La segunda es la Maestría de la Transformación:
cómo cambiar, cómo liberarnos de la domesticación. La tercera
es la Maestría del Intento: desde el punto de vista tolteca, el
Intento es esa parte de la vida que hace que la transformación
de la energía sea posible; es el ser viviente que envuelve toda
energía, o lo que llamamos "Dios". Es la vida misma; es el amor
incondicional. La Maestría del Intento es, por lo tanto, la
Maestría del Amor.
Hablamos del camino tolteca hacia la libertad porque los
toltecas tienen un plan completo para liberarse de la
domesticación. Comparan al Juez, a la Víctima y el sistema de
creencias con un parásito que invade la mente humana. Desde
el punto de vista tolteca, todos los seres humanos domesticados
están enfermos. Lo están porque un parásito controla su mente
y su cerebro, un parásito que se alimenta de las emociones
negativas que provoca el miedo.
Si buscamos la descripción de un parásito, vemos que es un ser
vivo que subsiste a costa de otros seres vivos, chupa su energía
sin dar nada a cambio y daña a su anfitrión poco a poco. El
Juez, la Víctima y el sistema de creencias encajan muy bien en
esta descripción. Juntos, constituyen un ser viviente formado de
energía psíquica o emocional, y esa energía está viva. No se
trata de energía material, por supuesto, pero las emociones
tampoco son energía material, ni lo son nuestros sueños, y sin
embargo, sabemos que existen.
Una función del cerebro es la de transformar la energía material
en energía emocional. Nuestro cerebro es una fábrica de
emociones. Y ya hemos dicho que la principal función de la
mente es soñar. Los toltecas creen que el parásito -el Juez, la
Víctima y el sistema de creencias- controla nuestra mente y
nuestro sueño personal. El parásito sueña en nuestra mente y
vive en nuestro cuerpo. Se alimenta de las emociones que
surgen del miedo, y le encantan el drama y el sufrimiento.
La libertad que buscamos consiste en utilizar nuestra propia
mente y nuestro propio cuerpo, en vivir nuestra propia vida en
lugar de la vida de nuestro sistema de creencias. Cuando
descubrimos que nuestra mente está controlada por el Juez y la
Víctima y que nuestro verdadero yo está arrinconado, sólo
tenemos dos opciones.
Una es continuar viviendo como lo hemos hecho hasta ese
momento, rindiéndonos al Juez y la Víctima, seguir viviendo en
el sueño del planeta. La otra opción es actuar como cuando
éramos niños y nuestros padres intentaban domesticarnos.
Podemos rebelarnos y decir: "¡No!". Podemos declarar una
guerra contra el parásito, contra el Juez y la Víctima, una guerra
por nuestra independencia, por el derecho de utilizar nuestra
propia mente y nuestro propio cerebro.
Por este motivo, quienes siguen las tradiciones chamánicas de
América, desde Canadá hasta Argentina, se llaman a sí mismos
guerreros, porque están en guerra contra el parásito de la
mente. Esto es lo que significa en verdad ser un guerrero. El
guerrero es el que se rebela contra la invasión del parásito. Se
rebela y le declara la guerra. Pero eso no quiere decir que
siempre se gane; quizá ganemos o quizá perdamos, pero
siempre hacemos lo máximo que podemos, y al menos tenemos
la oportunidad de recuperar nuestra libertad. Elegir este camino
nos da, como mínimo, la dignidad de la rebelión y nos asegura
que no seremos la víctima desvalida de nuestras caprichosas
emociones o de las emociones venenosas de los demás.
Incluso aunque sucumbamos ante el enemigo -el parásito-, no
estaremos entre las víctimas que no se defienden.
En el mejor de los casos, ser un guerrero nos da la oportunidad
de trascender el sueño del planeta y cambiar nuestro sueño
personal por otro al que llamamos cielo. Igual que el infierno, el
cielo es un lugar que existe en nuestra mente. Es un lugar lleno
de júbilo, en el que somos felices, en el que somos libres para
amar y para ser nosotros mismos. Podemos alcanzar el cielo en
vida; no tenemos que esperar a morirnos. Dios siempre está
presente y el reino de los cielos está en todas partes, pero en
primer lugar necesitamos que nuestros ojos sean capaces de
ver la verdad y nuestros oídos puedan escucharla. Necesitamos
librarnos del parásito.
Podemos comparar el parásito con un monstruo de cien
cabezas. Cada una de ellas es uno de nuestros miedos. Si
queremos ser libres, tenemos que destruir el parásito. Una
solución es atacar sus cabezas una a una, es decir,
enfrentarnos a nuestros miedos uno a uno. Es un proceso lento,
pero funciona. Cada vez que nos enfrentamos a uno de
nuestros miedos, somos un poco más libres.
Una segunda solución sería dejar de alimentar al parásito. Si no
le damos ningún alimento, lo mataremos por inanición. Para
poder hacerlo, tenemos que ser capaces de controlar nuestras
emociones, debemos abstenernos de alimentar las emociones
que surgen del miedo. Resulta fácil decirlo, pero es muy difícil
hacerlo, porque el Juez y la Víctima controlan nuestra mente.
Una tercera solución es la que se denomina la iniciación a la
muerte. Esta iniciación se encuentra en muchas tradiciones y
escuelas esotéricas de todo el mundo. La hallamos en Egipto, la
India, Grecia y América. Es una muerte simbólica que mata al
parásito sin dañar nuestro cuerpo. Cuando "morimos",
simbólicamente, el parásito también tiene que morir. Esta
solución es más rápida que las dos anteriores, pero resulta
todavía más difícil. Necesitamos un gran valor para enfrentarnos
al ángel de la muerte. Tenemos que ser muy fuertes.
Veamos más de cerca cada una de estas soluciones.
El arte de la transformación: El sueño de la segunda atención
Hemos visto que el sueño que vives ahora es el resultado del
sueño externo que capta tu atención y te alimenta con todas tus
creencias. El proceso de domesticación puede llamarse el
sueño de la primera atención, porque así utilizaron por primera
vez tu atención para crear el primer sueño de tu vida.
Una manera de transformar tus creencias es concentrar tu
atención en todos esos acuerdos y cambiarlos tú mismo. Al
hacerlo, utilizas tu atención por segunda vez, y por
consiguiente, creas el sueño de la segunda atención o el nuevo
sueño.
La diferencia estriba en que ahora ya no eres inocente. En tu
infancia no era así; no tenías otra elección. Pero ya no eres un
niño. Ahora puedes escoger qué creer y qué no. Puedes elegir
creer en cualquier cosa, y eso incluye creer en ti.
El primer paso consiste en ser consciente de la bruma que hay
en tu mente. Debes darte cuenta de que sueñas continuamente.
Sólo a través de la conciencia serás capaz de transformar tu
sueño. Cuando seas consciente de que todo el sueño de tu vida
es el resultado de tus creencias y de que lo que crees no es
real, entonces empezarás a cambiarlo. Sin embargo, para
cambiar tus creencias de verdad, es preciso que centres tu
atención en lo que quieres cambiar. Debes conocer los
acuerdos que deseas cambiar antes de poder cambiarlos.
De modo que el siguiente paso es volverte consciente de todas
las creencias que te limitan, se basan en el miedo y te hacen
infeliz. Haz un inventario de todo lo que crees, de todos tus
acuerdos, y mediante este proceso, empezarás a transformarte.
Los toltecas llamaron a esto el Arte de la Transformación, y es
una maestría completa. Alcanzas la Maestría de la
Transformación cambiando los acuerdos que se basan en el
miedo y te hacen sufrir y reprogramando tu propia mente a tu
manera. Uno de los procedimientos para llevar esto a cabo
consiste en estudiar y adoptar creencias alternativas como los
Cuatro Acuerdos.
La decisión de adoptar los Cuatro Acuerdos es una declaración
de guerra para recuperar la libertad que te arrebató el parásito.
Los Cuatro Acuerdos te ofrecen la posibilidad de acabar con el
dolor emocional, y de este modo te abren la puerta para que
disfrutes de tu vida y empieces un nuevo sueño. Si estás
interesado, explorar las posibilidades de tu sueño sólo
dependerá de ti. Los Cuatro Acuerdos se crearon para que nos
resultaran de ayuda en el Arte de la Transformación, para
ayudarnos a romper los acuerdos limitativos, aumentar nuestro
poder personal y volvernos más fuertes. Cuanto más fuerte
seas, más acuerdos romperás, hasta que llegues a la misma
esencia de todos ellos.
Llegar a la esencia de esos acuerdos es lo que yo llamo ir al
desierto. Cuando vas al desierto, te encuentras cara a cara con
tus demonios. Una vez has salido de él, todos esos demonios
se convierten en ángeles.
Practicar los Cuatro Acuerdos es un gran acto de poder.
Deshacer los hechizos de magia negra que existen en tu mente
requiere un gran poder personal. Cada vez que rompes un
acuerdo, aumentas tu poder. Para empezar, rompe pequeños
acuerdos que requieran un poder menor. A medida que vayas
rompiendo esos pequeños acuerdos, tu poder personal irá
aumentando hasta alcanzar el punto en el que, finalmente,
podrás enfrentarte a los grandes demonios de tu mente.
Por ejemplo, la niña pequeña a la que le dijeron que no cantase
tiene ahora veinte años y todavía continúa sin cantar. Un modo
de superar su creencia de que su voz es fea es decirse: "De
acuerdo, intentaré cantar aunque sea verdad que canto mal".
Entonces, puede fingir que alguien aplaude y le dice "iOh! ¡Lo
has hecho de maravilla". Quizás esto agriete el acuerdo un
poco, pero todavía estará allí. Sin embargo, ahora tiene un poco
más de poder y coraje para intentarlo de nuevo, y después una
y otra vez hasta que, por fin, rompa el acuerdo.
Esta es una manera de salir del sueño del infierno. Pero
necesitarás reemplazar cada acuerdo que te cause sufrimiento
y que rompas por uno nuevo que te haga feliz. Así evitarás que
el viejo acuerdo vuelva a aparecer. Si ocupas el mismo espacio
con un nuevo acuerdo, entonces el viejo desaparecerá para
siempre, y su lugar lo ocupará el nuevo.
En la mente existen muchas creencias tan resistentes que
pueden hacer que este proceso parezca imposible. Por ello es
necesario que avances paso a paso y que seas paciente
contigo mismo, porque se trata de un proceso lento. El modo en
que vives ahora es el resultado de muchos años de
domesticación. No puedes pretender que ésta desaparezca en
un solo día. Romper los acuerdos resulta muy difícil, porque en
cada acuerdo que establecimos pusimos el poder de las
palabras (que es el poder de nuestra voluntad).
Para cambiar un acuerdo, necesitamos la misma cantidad de
poder. Es imposible cambiar un acuerdo con un poder menor
del que utilizamos para establecerlo, e invertimos la mayor parte
de nuestro poder personal en mantener los acuerdos que
tenemos con nosotros mismos. Esto sucede porque, en
realidad, nuestros acuerdos son como una fuerte adicción.
Somos adictos a nuestra forma de ser, a la rabia, los celos y la
autocompasión. Somos adictos a las creencias que nos dicen:
"No soy lo bastante bueno, no soy lo suficientemente inteligente.
¿Por qué voy a molestarme en intentarlo? Si otras personas lo
hacen es porque son mejores que yo".
Todos estos viejos acuerdos dirigen nuestro sueño de la vida
porque los repetimos una y otra vez. Por consiguiente, para
adoptar los Cuatro Acuerdos, es necesario que pongas en juego
la repetición. Al llevar a la práctica los nuevos acuerdos en tu
vida, cada vez podrás hacer más y mejor. La repetición hace al
maestro.
La disciplina del guerrero: Controlar tu propio comportamiento
Imagínate que te despiertas temprano por la mañana, rebosante
de entusiasmo ante un nuevo día. Te sientes feliz, de maravilla,
y dispones de mucha energía para afrontar ese día. Entonces,
mientras desayunas, tienes una fuerte discusión con tu pareja, y
un verdadero torrente de emoción sale fuera. Te enfureces, y
gastas una gran parte de tu poder personal en la rabia que
expresas. Tras la discusión, te sientes agotado, y lo único que
quieres hacer es irte y echarte a llorar. De hecho, te sientes tan
cansado, que te vas a la habitación, te derrumbas y tratas de
recuperarte. Te pasas el día envuelto en tus emociones. No te
queda ninguna energía para seguir adelante y sólo quieres
olvidarte de todo.
Cada día nos despertamos con una determinada cantidad de
energía mental, emocional y física que gastamos durante el día.
Si permitimos que las emociones consuman nuestra energía, no
nos quedará ninguna para cambiar nuestra vida o para dársela
a los demás.
La manera en que ves el mundo depende de las emociones que
sientes. Cuando estás enfadado, todo lo que te rodea está mal,
nada está bien. Le echas la culpa a todo, incluso al tiempo;
llueva o haga sol, nada te complacerá. Cuando estás triste, todo
lo que te rodea te parece triste y te hace llorar. Ves los árboles y
te sientes triste, ves la lluvia y te parece triste. Tal vez te sientes
vulnerable y crees que tienes que protegerte a ti mismo porque
piensas que alguien te atacará en cualquier momento. No
confías en nada ni en nadie. ¡Esto te ocurre porque ves el
mundo a través de los ojos del miedo!
Imagínate que la mente humana es igual que tu piel. Si la tocas
y está sana, la sensación es maravillosa. Tu piel está hecha
para percibir la sensación del tacto, que es deliciosa. Ahora
imagínate que tienes una herida infectada en la piel. Si la tocas,
te dolerá, de modo que intentarás cubrirla para protegerla. Si te
tocan, no disfrutarás de ello porque te dolerá.
Ahora imagínate que todos los seres humanos tienen una
enfermedad en la piel. Nadie puede tocar a ninguna otra
persona porque le provoca dolor. Todo el mundo tiene heridas
en la piel, hasta el punto de que tanto la infección como el dolor
llegan a considerarse normales; la gente cree que ser así es lo
normal.
¿Puedes imaginarte cómo nos trataríamos los unos a los otros
si todos los seres humanos tuviésemos esta enfermedad de la
piel? Casi no nos abrazaríamos, claro, porque nos dolería
demasiado, de modo que tendríamos que mantener una buena
distancia entre nosotros.
La mente humana es exactamente igual a la descripción de esta
infección en la piel. Cada ser humano tiene un cuerpo
emocional cubierto por entero de heridas infectadas por el
veneno de todas las emociones que nos hacen sufrir, como el
odio, la rabia, la envidia y la tristeza. Una injusticia abre una
herida en nuestra mente y reaccionamos produciendo veneno
emocional por causa de los conceptos y creencias que tenemos
sobre qué es justo y qué no lo es. Debido al proceso de
domesticación, la mente está tan herida y llena de veneno, que
todos creemos que ese estado es el normal. Sin embargo, te
aseguro que no lo es.
Nuestro sueño del planeta es disfuncional; los seres humanos
tenemos una enfermedad mental llamada "miedo". Los síntomas
de esta enfermedad son todas las emociones que nos hacen
sufrir: rabia, odio, tristeza, envidia y desengaño. Cuando el
miedo es demasiado grande, la mente racional empieza a fallar
y a esto lo denominamos "enfermedad mental". El
comportamiento psicótico tiene lugar cuando la mente está tan
asustada y las heridas son tan profundas, que parece mejor
romper el contacto con el mundo exterior.
Si somos capaces de ver nuestro estado mental como una
enfermedad, descubriremos que existe una cura. No es
necesario que suframos más. En primer lugar, necesitamos
saber la verdad para curar las heridas emocionales por
completo: debemos abrirlas y extraer el veneno. ¿Cómo lo
podemos hacer? Hemos de perdonar a los que creemos que se
han portado mal con nosotros, no porque se lo merezcan, sino
porque sentimos tanto amor por nosotros mismos que no
queremos continuar pagando por esas injusticias.
El perdón es la única manera de sanarnos. Podemos elegir
perdonar porque sentimos compasión por nosotros mismos.
Podemos dejar marchar el resentimiento y declarar: "¡Ya basta!
No volveré a ser el gran Juez que actúa contra mí mismo. No
volveré a maltratarme ni a agredirme. No volveré a ser la
Víctima".
Para empezar, es necesario que perdonemos a nuestros
padres, a nuestros hermanos, a nuestros amigos y a Dios. Una
vez perdones a Dios, te perdonarás por fin a ti mismo. Una vez
te perdones a ti mismo, el autorrechazo desaparecerá de tu
mente. Empezarás a aceptarte, y el amor que sentirás por ti
será tan fuerte, que al final acabarás aceptándote por completo
tal como eres. Así empezamos a ser libres los seres humanos.
El perdón es la clave.
Sabrás que has perdonado a alguien cuando lo veas y ya no
sientas ninguna reacción emocional. Oirás el nombre de esa
persona y no tendrás ninguna reacción emocional. Cuando
alguien te toca lo que antes era una herida y ya no sientes
dolor, entonces sabes que realmente has perdonado.
La verdad es como un escalpelo. Es dolorosa porque abre todas
las heridas que están cubiertas por mentiras para así poder
sanarlas. Estas mentiras son lo que llamamos "el sistema de
negación" que resulta práctico porque nos permite tapar
nuestras heridas y continuar funcionando. Pero cuando ya no
tenemos heridas ni veneno, no necesitamos mentir más. No
necesitamos el sistema de negación, porque se puede tocar una
mente sana sin que experimente ningún dolor. Cuando la mente
está limpia, el contacto resulta placentero.
Para la mayoría de las personas, el problema reside en que
pierden el control de sus emociones. Es el ser humano quien
debe controlar sus emociones y no al revés. Cuando perdemos
el control, decimos cosas que no queremos decir y hacemos
cosas que no queremos hacer. Por este motivo es tan
importante que seamos impecables con nuestras palabras y que
nos convirtamos en guerreros espirituales. Debemos aprender a
controlar nuestras emociones a fin de tener el suficiente poder
personal para cambiar los acuerdos basados en el miedo,
escapar del infierno y crear nuestro cielo personal.
¿Cómo nos podemos convertir en guerreros? Los guerreros
tienen algunas características que son prácticamente iguales en
todo el mundo. Son conscientes. Esto es muy importante.
Hemos de ser conscientes de que estamos en guerra, y esa
guerra que tiene lugar en nuestra mente requiere disciplina; no
la disciplina del soldado, sino la del guerrero; no la disciplina
que proviene del exterior y nos dice qué hacer y qué no hacer,
sino la de ser nosotros mismos, sin importar lo que esto
signifique.
El guerrero tiene control no sobre otros seres humanos, sino
sobre sí mismo; controla sus propias emociones. Reprimimos
nuestras emociones cuando perdemos el control, no cuando lo
mantenemos. La gran diferencia entre un guerrero y una víctima
es que ésta se reprime y el guerrero se refrena. Las víctimas se
reprimen porque tienen miedo de mostrar sus emociones, de
decir lo que quieren decir. Refrenarse no es lo mismo que
reprimirse. Significa retener las emociones y expresarlas en el
momento adecuado, ni antes ni después. Esta es la razón por la
cual los guerreros son impecables. Tienen un control absoluto
sobre sus propias emociones y, por consiguiente, sobre su
propio comportamiento.
La iniciación a la muerte: Abrazar al ángel de la muerte
El paso final para obtener la libertad personal es prepararnos
para la iniciación a la muerte, tomarnos la muerte como nuestra
maestra. El ángel de la muerte puede enseñarnos de qué forma
estar verdaderamente vivos. Hemos de tomar conciencia de que
podemos morirnos en cualquier momento; sólo contamos con el
presente para estar vivos. La verdad es que no sabemos si
vamos a morir mañana. ¿Quién lo sabe? Pensamos que nos
quedan muchos años por vivir. ¿Pero es asé?
Si vamos al hospital y el médico nos dice que nos queda una
semana de vida, ¿qué haremos? Como ya he dicho antes,
tenemos dos opciones. Una es sufrir porque nos vamos a morir,
decirle a todo el mundo: "Pobre de mí, me voy a morir", y hacer
un gran drama. La otra es aprovechar cada momento para ser
feliz, para hacer lo que realmente nos gusta hacer. Si sólo nos
queda una semana de vida, disfrutemos de ella. Estemos vivos.
Podemos decir: "Voy a ser yo mismo. No puedo pasarme la vida
intentando complacer a los demás. Ya no tendré miedo de lo
que piensen de mí. ¿Qué me importa si me voy a morir dentro
de una semana? Seré yo mismo".
El ángel de la muerte nos enseña a vivir cada día como si fuese
el último de nuestra vida, como si no hubiera de llegar ningún
mañana. Empecemos el día diciendo: "Estoy despierto, veo el
sol. Voy a entregarle mi gratitud, y también a todas las cosas y
todas las personas, porque todavía estoy vivo. Un día más para
ser yo mismo".
Así es como veo yo la vida. Esto es lo que el ángel de la muerte
me enseñó: a permanecer completamente abierto, a saber que
no hay nada que temer. Por supuesto, yo trato a las personas
que quiero con amor porque sé que éste puede ser el último día
para poder decirles cuánto las amo. No sé si voy a volver a ver
a mis seres queridos, de modo que no quiero pelearme con
ellos.
¿Qué ocurriría si tuviese una gran pelea con alguien a quien
quiero, le lanzase todo el veneno emocional que tengo contra él
o ella, y se muriese al día siguiente? iAy, Dios mío! El Juez me
atacaría con dureza y yo me sentiría muy culpable por todo lo
que dije. Incluso me sentiría culpable por no haberle dicho a esa
persona cuánto la quería. El amor que me hace feliz es el que
puedo compartir con la gente que amo. ¿Por qué voy a negar
que les quiero? No es importante que me devuelvan ese amor.
Quizá muera yo mañana o tal vez muera alguien a quien amo.
Lo que me hace feliz es hacerle saber hoy lo mucho que le
quiero.
Se puede vivir de esta manera. Si lo haces, te preparas para la
iniciación a la muerte. Lo que ocurrirá en esta iniciación es que
el viejo sueño que tienes en la mente morirá para siempre. Sí,
tendrás recuerdos del parásito -del Juez, de la Víctima y de lo
que solías creer-, pero estará muerto.
Esto es lo que va a morir en la iniciación a la muerte: el parásito.
No resulta fácil emprender esta iniciación porque el Juez y la
Víctima luchan con todas sus armas disponibles. No quieren
morir. Y entonces sentimos que quien va a morir somos
nosotros, y tenemos miedo de esta muerte.
Cuando vivimos en el sueño del planeta, es como si
estuviésemos muertos. Si sobrevivimos a la iniciación a la
muerte, recibimos el don más maravilloso: la resurrección. Eso
quiere decir que renacemos de entre los muertos, estamos
vivos, somos nosotros mismos de nuevo. La resurrección es
convertirse otra vez en un niño, ser salvaje y libre, pero con una
diferencia: en lugar de inocencia, tenemos libertad con
sabiduría. Somos capaces de romper nuestra domesticación,
recuperar nuestra libertad y sanar nuestra mente. Nos rendimos
al ángel de la muerte sabiendo que el parásito morirá y nosotros
viviremos con una mente sana y un perfecto juicio. Entonces,
seremos libres para utilizar nuestra propia mente y dirigir
nuestra vida.
Esto es lo que el ángel de la muerte nos enseña en la tradición
tolteca. Se nos aparece y nos dice: "Todo lo que hay aquí me
pertenece; no es tuyo. Tu casa, tu pareja, tus hijos, tu coche, tu
trabajo, tu dinero: todo me pertenece y me lo puedo llevar
cuando quiera, pero por ahora, puedes utilizarlo".
Si nos rendimos al ángel de la muerte, seremos felices para
siempre. ¿Por qué? Porque el ángel de la muerte se lleva consigo
el pasado para que la vida pueda continuar. Se lleva de
cada momento pasado la parte que está muerta, y nosotros
continuamos viviendo en el presente. El parásito quiere que
carguemos con el pasado, y esto hace que estar vivo resulte
muy pesado. Si intentamos vivir en el pasado, ¿cómo vamos a
disfrutar del presente? Si soñamos con el futuro, ¿por qué
cargar con el peso del pasado? ¿Cuándo viviremos en el
presente? Esto es lo que el ángel de la muerte nos enseña a
hacer.
- Miguel Ruiz -
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