«Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.»
Aquel que conoce el poder de la palabra presta mucha atención a su conversación. Vigila las reacciones
causadas por sus palabras, pues sabe que ellas «no retornarán al mismo punto sin haber causado su efecto». Por
su palabra, el hombre se crea a sí mismo leyes.
Conocí en cierta ocasión a una persona que me dijo: «Yo pierdo todos los días el autobús. Invariablemente, pasa
en el momento en que estoy llegando». Su hija dice: «Yo llego a tiempo todos los días al autobús. Llega
regularmente al mismo tiempo que yo». Y esto continuó del mismo modo durante años. Cada uno había
establecido una ley para sí mismo, una de fracaso y la otra de éxito. Aquí encontramos una explicación
psicológica de las supersticiones.
La herradura del caballo y el pelo del elefante no tienen por sí solos ningún poder, pero la palabra y la fe que
afirman que traen buena suerte, crean un estado de optimismo dentro del subconsciente que atrae la
«oportunidad». Sin embargo, observé que esto no tiene efecto en el caso de las personas más avanzadas
espiritualmente, que conocen una ley más alta. Esto lo explica; no se puede volver hacia atrás y se deben desviar
las «imágenes talladas».
Dos de mis alumnos tenían grandes éxitos en los negocios. Sin embargo, después de algunos meses,
bruscamente, todo empezó a irles mal. Nos esforzamos entre todos por analizar la situación y descubrí entonces
que en lugar de hacer sus afirmaciones y de remitirse a Dios para su éxito y su prosperidad, habían adquirido dos
figuras de monos de la «buena suerte». «Ah —les dije entonces—, ahora lo comprendo todo. Ustedes depositan
su fe en los monos y no en Dios. Libérense de esos monos y hagan un llamamiento a la ley del perdón.» Pues el
hombre tiene el poder de perdonar, o sea de neutralizar sus propios errores.
Decidieron lanzar los monos a los cubos de basura y todo empezó a irles nuevamente bien. Esto no significa que
debemos eliminar de casa todos los amuletos de la «buena suerte», sino que debemos reconocer que sólo hay un
único poder, Dios, y que los objetos no sirven sino para transmitirnos un sentimiento de optimismo.
Un día, una amiga muy infeliz encontró una herradura de caballo al cruzar la calle. En seguida se puso muy
contenta y abrigó esperanzas. Estaba segura de que Dios le había enviado esta herradura de caballo para
aumentar su coraje.
Y de hecho, teniendo en cuenta el estado en que se encontraba, aquello fue lo único capaz de impresionar a su
subconsciente. Su esperanza se transformó en fe y, por lo tanto, tuvo una maravillosa «demostración». Ya he
señalado que los dos hombres citados anteriormente se fiaban solamente de sus monos, mientras que mi amiga
había reconocido la fuerza superior.
Por mi parte, debo decir que tardé mucho tiempo en apartar la idea de que una cierta cosa me atraía siempre
consigo una desilusión. Si se presentaba, invariablemente, se producía una decepción inmediata. He comprendido
que sólo hay un medio de cambiar mi subconsciente, afirmando: «No hay dos fuerzas, no hay más que una, Dios.
En consecuencia, no habrá desilusión y esta cosa me anuncia una feliz sorpresa». En seguida verifiqué un
cambio y los placeres inesperados.
Una de mis amigas declaró que nadie la haría pasar bajo una escalera. Yo le dije: «Si usted tiene miedo es
porque cree en dos poderes, en el Bien y en el Mal. Pero Dios es absoluto, no puede haber una fuerza opuesta a
menos que el hombre cree la falsedad y la maldad. Para demostrar que usted no cree más que en un único poder,
Dios, y que no hay ni fuerza ni realidad en el mal, pase por debajo de la próxima escalera con la que se
encuentre».
Poco tiempo después, mi amiga fue al banco.
Deseaba abrir su caja fuerte y una escalera se encontraba en el camino. Era imposible llegar a la caja sin pasar
por debajo de la escalera. Espantada, mi amiga se apartó. Pero al llegar a la calle, mis palabras resonaron en sus
oídos y decidió entonces pasar por debajo de aquella escalera. Eso representó para ella realizar un gran esfuerzo,
después de tantos años de superstición durante los que había quedado como prisionera de esta idea. Regresó al
interior del local donde se encontraban las cajas de seguridad y descubrió entonces que la escalera ya no estaba
donde antes había estado. En ese momento se produjo lo siguiente: una vez que decidió poner punto final a una
aprensión, el motivo quedó descartado.
Esta es la ley de la no resistencia, que se comprende muy poco.
Alguien ha dicho que el coraje contiene el genio y la magia. Haga frente sin miedo a una situación que parezca
amenazadora y verá cómo deja de existir, cómo desaparece por sí sola. Eso es lo que explica que el miedo a
encontrarse con la escalera fuera precisamente la causa de que ésta apareciera en su camino, mientras que el
valor la hiciera desaparecer.
Así pues, las fuerzas invisibles trabajan constantemente por el hombre que «tira siempre de los hilos», sin saberlo
ni siquiera él mismo. A causa de la fuerza vibratoria de las palabras, aquello que decimos es precisamente lo que
atraemos. Las personas que hablan continuamente de enfermedad, invariablemente la atraen.
Cuando nos iniciamos a la verdad, no podemos vigilar demasiado las palabras. Por ejemplo, una de mis amigas
me dice a menudo por teléfono: «Venga a verme para que podamos charlar un poco a la antigua usanza». Ese
«charlar a la antigua usanza» representa una hora en la que se pronunciarán entre quinientas y mil palabras
destructivas, durante la que los principales temas de conversación serán las pérdidas, las penurias, los fracasos y
la enfermedad. Así que yo le contesté: «No, gracias, estas charlas son muy onerosas, y yo ya tengo suficiente de
eso en mi vida. Estaré contenta de charlar a la manera nueva y de hablar sobre lo que queremos, en lugar de
hacerlo sobre aquello que no queremos».
Un viejo refrán afirma que el hombre sólo utiliza la palabra para tres deseos: «curar, bendecir, o prosperar».
Precisamente aquello que un hombre diga de los demás, eso mismo dirán de él, y aquello que él desee para los
demás, eso mismo le desearán a él.
Si un hombre le desea «mala suerte» a otro, atraerá sobre sí esa misma mala suerte. Si desea ayudar a
cualquiera a lograr un éxito, deseará su propio éxito y se ayudará a sí mismo.
Los cuerpos pueden ser renovados y transformados por la palabra y mediante una clara visión, y la enfermedad
completamente apartada del consciente. La metafísica afirma que toda enfermedad tiene una correspondencia
mental y que para curar el cuerpo es necesario curar antes el alma.
Es el subconsciente, el alma, lo que debe ser «salvado», y salvado precisamente de los pensamientos negativos.
En el Salmo XXIII leemos: «Él restaura mi alma». Esto quiere decir que el subconsciente, el alma, debe ser
restaurada por medio de las ideas justas. El «matrimonio místico» se produce entre el alma y el espíritu, es decir,
entre el subconsciente y el superconciente. Es necesario que ambos estén unidos. Cuando el subconsciente está
lleno de las ideas perfectas del superconciente, Dios y el hombre no son más que uno. «Yo y mi Padre somos
uno.» Es decir, que el hombre está unido en el plano de ideas perfectas; él está hecho a la imagen y semejanza
(imaginación) de Dios, en el plano en el que son dados el poder y la dominación sobre todas las cosas creadas,
sobre su espíritu, su cuerpo y sus negocios.
Se puede decir que toda enfermedad, toda desgracia provienen de la violación de la ley del amor. Yo os transmito
un nuevo mandamiento: «Amaos los unos a los otros», pues dentro del Juego da la vida, el amor, es decir, la
buena voluntad, gana en todos los niveles.
El hecho siguiente lo demostrará. Una persona que conozco había sufrido, durante muchos años, de una
enfermedad terrible en la piel. Los médicos afirmaban que era incurable y ella estaba al borde de la
desesperación. Esta señora era actriz, creía que se vería obligada a renunciar a su carrera, y no tenía otros
ingresos. Sin embargo, se le ofreció entonces un contrato muy bueno y la noche de su primera actuación tuvo un
gran éxito. La prensa le otorgó numerosas críticas halagüeñas y nuestra amiga, llena de alegría, estaba
maravillada. No obstante, al día siguiente le rescindieron el contrato. Un artista, celoso de su éxito, obtuvo su
anulación. Fue entonces cuando sintió cómo la amargura y el odio se apoderaban de su ser y exclamó en voz
alta: «¡Oh, Dios mío, no me dejes odiar a ese hombre!». Aquella misma noche, trabajó durante horas «en silencio».
Más tarde, me dijo: «No tardé mucho en entrar en un silencio muy profundo. Me parece que ahora me encuentro
en paz conmigo misma, con aquel hombre y con el mundo entero. Continué trabajando así durante las dos noches
siguientes y al tercer día me di cuenta de que mi enfermedad de la piel, ¡estaba completamente curada!».
Al pedir la expresión del amor, de la buena voluntad, había cumplido la ley (pues el amor es el cumplimiento de la
ley), y la enfermedad (que provenía de un resentimiento anclado en el subconsciente) desapareció.
La crítica continua produce los reumatismos pues los pensamientos sin armonía forman en la sangre depósitos
ácidos que se sitúan en las articulaciones. Los tumores tienen por causa los celos, el odio, el rechazo a perdonar
las ofensas, el miedo, etc. Cada enfermedad o molestia está creada por un estado de espíritu.
Yo les dije un día a mis alumnos: «No se trata de preguntar a alguien "¿qué tiene?", sino "¿contra quién está usted?"».
La negativa a perdonar las ofensas es la causa más frecuente de la enfermedad. Las consecuencias de
todo ello son la esclerosis de las arterias y del hígado, así como las enfermedades en los ojos. Esa negativa se ve
acompañada por males sin fin.
Un día, visité a una señora que me dijo que estaba enferma por haber comido una ostra en malas condiciones.
«No —contesté—, la ostra era inofensiva. Es usted quien ha envenenado la ostra. ¿Contra quién está usted?» Ella
me respondió: «¡Oh! Contra diecinueve personas aproximadamente». Se había peleado con diecinueve personas y
se había vuelto irritable ¡atrayendo hacia sí misma a la ostra dañina!
Toda falta de armonía exterior indica una discordancia mental. «El exterior se parece al interior.» Los únicos
enemigos del hombre están en sí mismo. «Los enemigos del hombre estarán en su interior». La personalidad es
uno de los últimos enemigos que debemos superar pues este planeta está recibiendo su iniciación al amor.
Acordémonos del mensaje de Jesús: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». El hombre sabio intenta
perfeccionarse sirviendo a su prójimo. Trabaja sobre sí mismo, aprende a enviar a cada uno bendiciones y
pensamientos de buena voluntad, y lo más maravilloso es que cuando se bendice a un ser, éste pierde todo el
poder para perjudicarnos.
Un hombre vino a pedirme un «tratamiento» para tener éxito en los negocios. Vendía máquinas y la competencia
había afirmado poseer una máquina superior: mi amigo pensaba que fracasaría. Yo le dije: «En primer lugar
necesitamos limpiar todas sus dudas. Necesita usted saber que Dios protege sus intereses y que la idea divina
debe surgir de esta situación. Es decir, que la máquina que conviene será vendida a aquel que tenga necesidad».
Y añadí: «No abrigue un solo pensamiento de crítica acerca de este hombre. Bendígale durante toda la jornada y
esté preparado para no vender su máquina si esa es la idea divina».
Entonces fue a ver a su cliente, sin el menor resentimiento, sin resistencia alguna, bendiciendo incluso a su
competidor. Más tarde, me contó que el resultado fue bastante notable, la máquina del competidor se negó a
funcionar y el hombre que había venido a consultarme vendió la suya sin la menor dificultad.
«Pero, yo os digo, amad a vuestros enemigos, bendecid a aquellos que os maldicen, haced el bien a aquellos que
os odian y rogad por aquellos que os maltratan y que os persiguen.»
La buena voluntad produce una gran aura de protección hacia aquellos que la cultivan y «toda arma forjada contra
ellos no tendrá efecto». En otros términos, el amor y la buena voluntad destruyen a los enemigos que están en
contra nuestra y, en consecuencia, ¡no tenemos enemigos en el exterior!
«La paz reina en la tierra sobre aquellos que envían pensamientos de buena voluntad a los hombres.»
- Florence Scovel Shinn -
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