«En cualquier camino que sigas reconócele y Él te dirigirá.»
Nada es imposible para aquél que conoce la fuerza de su palabra y que sigue las directrices de sus intuiciones.
Por la palabra hace entrar en acción las fuerzas invisibles y puede restaurar su cuerpo y transformar sus
negocios.
Es por lo tanto muy importante elegir las palabras adecuadas, y las afirmaciones que vamos a proyectar en lo
invisible.
Aquél que se dedica al estudio de la Ley espiritual sabe que Dios es su riqueza, que la abundancia divina
responde a todas las demandas y que la palabra le permite surgir.
«Pedid y recibiréis.»
El hombre debe dar el primer paso.
«Aproxímate a Dios y Él se aproximará a ti.»
Si alguien me pregunta qué se debe hacer para que se produzca una demostración, le respondo: «Pronuncie la
palabra, y no haga nada hasta que usted tenga una directriz precisa».
Pida una indicación y diga: «Espíritu Infinito, guíame, hazme saber si hay alguna cosa que yo deba hacer.»
La respuesta vendrá por intuición, una reflexión de alguien, encontrada quizá en las páginas de un libro, etcétera.
Las respuestas son a veces sorprendentes en cuanto a su exactitud. Así, por ejemplo, una señora deseaba una
gran cantidad de dinero. Ella pronunció estas palabras: «Espíritu Infinito, abre la vía que traerá hacia mí la
abundancia, que todo lo que es mío por derecho divino, venga inmediatamente con profusión». Luego, añadió:
«Dame una indicación precisa, hazme saber de cualquier cosa que yo necesite hacer». Enseguida apareció en su
cabeza este pensamiento: «Dale a cierta amiga (que le había ayudado espiritualmente) cien dólares». Pero tuvo
otro que le decía: «Espera a recibir otra indicación antes de hacerlo». Esperó, y entonces, en ese mismo día,
encontró a una conocida que, en el curso de una conversación, le contó: «Hoy he dado un dólar a una persona,
para mí es lo mismo que si usted hubiera dado cien».
Ésta era una buena indicación; ella estaba segura de que tenía razón en lo de dar los cien dólares. Esta donación
se reveló como un empleo excelente, pues poco tiempo después le llegó, de una manera sorprendente y
extraordinaria, una suma grande de dinero.
Dar es lo que abre la puerta para recibir. Para crear verdadera actividad en los asuntos financieros, hay que dar. El
diezmo, es decir, la ofrenda de la décima parte de los ingresos, es una vieja costumbre judía que jamás ha dejado
de suscitar la abundancia. Son muchos los que, entre los más ricos de este país, tienen la costumbre de ofrecer
el diezmo. No conozco ninguna otra inversión mejor que ésta.
Recuperamos esta décima parte bendecida y multiplicada. Pero la donación deberá ser hecha con amor y alegría,
pues «Dios ama al dador alegre». Las facturas deben ser pagadas voluntariamente; todo dinero debe ser
entregado sin miedo y será acompañado por una bendición.
Esta actitud de espíritu convierte al hombre en dueño del dinero, que entonces se convierte en su servidor y la
palabra que pronuncia abre las vastas reservas de la riqueza.
Es el hombre mismo quien, debido a su visión limitada, limita su abundancia.
A veces un estudiante que ha logrado una gran realización de riqueza, tiene miedo de actuar. La visión y la acción
deben caminar juntas, como en el caso del señor que deseaba comprar el abrigo de piel.
Una consultante vino a pedirme que «pronunciara la palabra» en favor de una situación determinada. Yo le dije:
«Espíritu Infinito, abre la vía para la situación que convenga a esta persona». No pida jamás «una situación», sino
la situación justa, es decir, aquella que ya está preparada en el Plan Divino, pues sólo ella podrá proporcionarle
satisfacción.
Luego di gracias por aquello que ya se había recibido y para que la situación se manifestara rápidamente. Poco
después, a esa persona le fueron ofrecidas tres oportunidades, dos en Nueva York y otro en Palm Beach, y ella
no sabía con cuál quedarse. Yo le dije: «Pida una dirección precisa».
La fecha límite para la respuesta estaba a punto de caducar y ella no había tomado todavía una decisión.
Entonces, un día me llamó: «Desperté esta mañana —me dijo—, y tuve la impresión de sentir el perfume de Palm
Beach».
Ella ya había estado allí en el verano y conocía su aire embalsamado.
«En tal caso —le respondí—, ahí tiene con seguridad la indicación que tanto esperaba.» Así pues, aceptó lo que
le ofrecieron, la cual, a su vez, le fue extremadamente favorable, en consonancia con las directrices que surgieron
en un momento inesperado.
Un día caminaba por la calle cuando, súbitamente, decidí entrar en una determinada panadería que se encontraba
un poco lejos de donde me hallaba en aquel momento.
La razón me decía: «No hay nada en esta panadería que puedas necesitar».
Sin embargo, decidí no ponerme a razonar, y me fui para allá. Cuando llegué observé a mi alrededor y me pareció
que, en realidad, no necesitaba nada. Pero, de repente, encontré a una señora en la que había estado pensando y
que necesitaba una gran ayuda que yo podía ofrecerle.
Así pues, cuando se busca una cosa a menudo se encuentra con otra.
La intuición es una facultad espiritual que no tiene explicación, pues no hace más que enseñar el camino.
Con frecuencia se recibe una dirección durante un «tratamiento». La idea que surge puede parecer incongruente,
pero ciertas directrices de Dios son «misteriosas».
En el transcurso de un curso, un buen día me encontraba dedicada a efectuar «tratamiento» para que cada
estudiante recibiera una indicación bien definida. Después del curso, una alumna vino a decirme: «Mientras usted
"trataba", yo tuve la idea de sacar mis muebles del garaje y de alquilar un apartamento».
Y sin embargo había acudido a verme por un problema de salud. Yo le dije que si tuviera un hogar, su salud
estaría mejor y añadí: «Creo que su enfermedad, que es digestiva, proviene del hecho de que usted deja todas sus
cosas de lado. La congestión de las cosas provoca la congestión del cuerpo. Usted ha violado la ley de la
circulación y su cuerpo paga ahora las consecuencias».
Después, di gracias de que «el Orden divino se hubiera vuelto a restablecer en su espíritu, en su cuerpo y en sus
asuntos».
No sabemos hasta qué punto los asuntos actúan sobre la salud. Toda enfermedad comporta una correspondencia
mental. Una persona puede curarse instantáneamente cuando comprende que su cuerpo es una idea perfecta del
Entendimiento Divino y, en consecuencia, que está sana y es perfecta. Pero si continúa pensando de una manera
destructiva, si es avara, si odia, si teme, si condena, la enfermedad se reproducirá.
Jesucristo sabía que toda enfermedad proviene del pecado. Después de haber curado a un leproso, le dijo: «Ve y
no peques más por temor a que un mal mayor te aflija».
Así es, el alma (el subconsciente) debe ser lavada y volverse blanca como la nieve para que la cura sea
permanente. Los metafísicos hacen profundos sondeos para descubrir esa clase de «correspondencias».
Jesucristo dijo: «No juzgues a fin de no ser juzgado.»
Muchos atraen la enfermedad y la tristeza cuando condenan a los otros.
Aquello que el hombre desea para el prójimo, eso es lo que atrae para sí mismo.
Una amiga vino a verme llena de cólera y de dolor porque su marido la había abandonado por otra. Mi amiga
censuraba a esta mujer y repetía sin parar: «Ella sabía que él era casado y no tenía el derecho de aceptar los
galanteos de él».
Yo le respondí: «Deja ya de condenar a esa mujer. En lugar de eso, bendícela y termina con esta situación,
porque si no lo haces atraerás lo mismo sobre ti».
Ella hizo oídos sordos a mis palabras y uno o dos años más tarde ella misma se enamoró de un hombre casado.
Cuando se critica o se condena, es como si el hombre estuviese enchufado a un cable de alta tensión. Lo mínimo
que puede esperar es un calambrazo.
La indecisión es una piedra de obstáculo en su camino. Para superarla, repita sin cesar: «Yo siempre tengo la
inspiración directa, y tomo rápidamente las buenas decisiones».
Estas palabras impresionan el subconsciente y no se tarda en encontrar la actitud alerta y verse despojado de
toda duda. Aprendí que puede ser nefasto buscar esta directiva en el plano psíquico, pues en este plano hay
numerosos espíritus y no un Espíritu Único.
A medida que el hombre abre su espíritu a la subjetividad, se convierte en blanco de las fuerzas destructivas. El
plano psíquico es el resultado del pensamiento mortal, es el plano de las «oposiciones». En él recibimos
mensajes tanto buenos como malos.
La ciencia de los números, los horóscopos, mantienen al hombre en el plano mental (o mortal), pues no se
ocupan más que de la vía kármica.
Conozco a un señor que, según su horóscopo, debería estar muerto desde hace algunos años. Él se encuentra
bien, y dirige uno de los mayores movimientos de su país, para el bien de la humanidad.
Para neutralizar una predicción nefasta, hay que poseer una gran fuerza mental.
El estudiante debe declarar: «Toda predicción falsa será inhabilitada; todo plan que no viene de mi Padre celeste
será eliminado y se disipará; la idea divina se realiza ahora».
Sin embargo, si recibimos un buen mensaje, un mensaje que anticipe la felicidad o la fortuna, debemos acogerlo y
esperar su realización, lo que contribuirá a producir su manifestación.
La voluntad humana debe servir para sostener la voluntad divina. «Yo quiero que la voluntad de Dios sea hecha.»
La voluntad de Dios es conceder a cada uno los deseos legítimos de su corazón, y la voluntad del hombre debe
ser empleada para mantener, sin la menor vacilación, una visión que debe ser perfecta.
El Niño Prodigio declaró: «Yo me levantaré e iré en dirección a mi Padre».
A veces es necesario realizar un esfuerzo de voluntad para abandonar las «algarroba y los cerdos» del
entendimiento humano. Para el común de los mortales es mucho más fácil temer que tener fe: la fe es un
esfuerzo de la voluntad.
Al despertar a la espiritualidad, el hombre reconoce que todo lo que se halla en discordancia a su alrededor se
corresponde con una desarmonía mental. Si el hombre tropieza y se cae, siempre puede decir que tropezó y cayó
debido a su propio entendimiento.
Un día, una de mis alumnas salió por la calle, sumida en unos pensamientos en los que se dedicaba a condenar a
alguien. Se decía a sí misma: «Esta mujer es la más desagradable de la tierra». Entonces, bruscamente, tres
scouts aparecieron repentinamente tras dar la vuelta a una esquina y la hicieron caer al suelo. Ella no hubiera
querido que eso sucediera así, pero inmediatamente apeló a la ley del perdón en un «saludo a la divinidad» que
había en aquella otra señora. Las vías de la sabiduría son vías agradables y llenas de paz.
Cuando se hace una llamada al Ser Universal, hay que esperar sorpresas. Todo puede parecer que va mal, pero
en realidad todo va bien.
Una estudiante aprendió que no hay pérdida en el Entendimiento divino y que, consecuentemente, ella no podría
perder aquello que le pertenecía, y en caso de pérdida recibiría su equivalente.
Unos años antes, esta persona perdió dos mil dólares. Había prestado ese dinero a un pariente, que murió sin
hacer mención del préstamo en su testamento. Esta alumna se sentía llena de amargura y de cólera pues no
tenía ninguna prueba de que se hubiera producido esta transacción. Decidió negarse a aceptar la pérdida y pidió
dos mil dólares a la Banca del Ser Universal. Comenzó por perdonar a su familiar, pues el rencor y el rechazo a
perdonar cierran las puertas de este banco maravilloso.
Ella afirmó: «Niego esa pérdida; no hay pérdida alguna en el Entendimiento Divino. En consecuencia, no puedo
perder estos dos mil dólares que me pertenecen por derecho divino. Cuando una puerta se cierra, otra puerta se
abre».
Esta mujer vivía en un piso de un edificio que estaba en venta; el contrato tenía una cláusula por la que se
estipulaba que si la casa se ponía en venta, los inquilinos se verían obligados a mudarse en el término de noventa
días.
Bruscamente, el propietario hizo un nuevo contrato y aumentó los alquileres. De nuevo la injusticia surgió ante su
camino, pero esta vez ella no se alteró. Bendijo al propietario y se dijo a sí misma: «Este aumento del alquiler
significa que yo seré más rica, pues Dios es mi riqueza».
Los nuevos contratos establecieron los nuevos alquileres, pero, debido a un error providencial, la cláusula de los
noventa días fue omitida.
Poco después, el propietario tuvo la ocasión de vender su casa. Gracias al error cometido en los nuevos
contratos, los inquilinos pudieron quedarse en los pisos que ocupaban durante un año.
El gestor ofreció a cada uno de ellos doscientos dólares para que se marchasen. Muchas familias se cambiaron,
y otras tres se quedaron, incluida la señora en cuestión. Transcurrieron uno o dos meses. El gestor volvió a
ponerse en contacto con los inquilinos. En esta ocasión, le propuso a mi amiga: «¿Usted aceptaría la cuantía de
mil quinientos dólares?». En ese mismo instante, ella se dio cuenta de lo que ocurría: «¡Mira por dónde, aquí
están mis dos mil dólares!». Ella se dirigió a sus vecinos que todavía vivían en el mismo edificio: «Actuaremos
juntos si nos quieren echar». Su dirección consistió, por lo tanto, en consultar con sus vecinos.
Ellos declararon: «Si le ha ofrecido a usted mil quinientos dólares, con seguridad nos darán dos mil dólares a
cada uno». Y así fue, en efecto, ella recibió un cheque de dos mil dólares a cambio de su marcha.
Este hecho es una gran demostración de la ley, la injusticia aparente no pudo sino abrir la puerta a la
demostración.
Esto demuestra que no hay pérdida y que cuando el hombre actúa según la ley espiritual, obtiene todo aquello
que es de él en el gran Depósito del Bien.
«Yo te devolveré los años destruidos por las langostas.»
Las langostas no son más que las dudas, los miedos, los resentimientos y las lágrimas del entendimiento mortal.
Por sí solos, estos pensamientos adversos pueden terminar por destrozar al hombre, pues «ninguno da al hombre
sino él mismo, y nadie le roba sino él mismo».
Nosotros estamos aquí para hacer la prueba de Dios y «para dar testimonio de la Verdad», puesto que sólo
nosotros podemos demostrar que Dios hace surgir la riqueza de la penuria y la justicia de la injusticia.
«Ponedme a prueba —dice el Eterno a la muchedumbre—. Y veréis si no abro para vosotros las compuertas de
los cielos, si no derramo sobre vosotros una bendición tal que no tendréis lugar para guardarla» (Mal. III, 10).
- Florence Scovel Shinn -
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