Pero inclusive cuando Buda y Cristo castigaban, evidenciaban una inequívoca gentileza y un amor detrás de cada uno de sus actos. No alzarían un solo dedo contra sus enemigos, sino que se rendirían ellos mismos antes que hacer claudicar la verdad por la cual vivían.
Buda llevó sin temor esta batalla al campo enemigo y puso de rodillas a un clero arrogante. Cristo expulsó a los cambistas del templo de Jerusalén e hizo caer anatemas del cielo sobre los hipócritas y los fariseos. Ambos practicaban la intensa acción directa.
Buda podría haber muerto resistiendo a los sacerdotes, si la majestad de su amor no hubiese probado que se equiparaba a la obra de enderezar al clero. Cristo murió en la cruz con una corona de espinas en su cabeza, desafiando el poderío de un imperio entero. Y si yo promuevo resistencias de carácter no violento, simple y humildemente sigo los pasos de los grandes maestros.
Al someternos a una disciplina adecuada podemos volvernos "casi tan grandes como los ángeles". Quien ha vencido al mundo de los sentidos, es un guía para los demás. Contiene todas las virtudes y Dios mismo se manifiesta a través de él.
Parecería que el mundo corre detrás de cosas de valor efímero. Casi no le sobra tiempo para más. Sin embargo, cuando se indaga un poco este problema, se advierte que en definitiva lo único que importa es lo que lleva el sello de la eternidad.
CIVILIZACIONES ANTIGUA Y MODERNA
Quien procure nuevas experiencias, debe empezar por sí mismo. Eso lo conducirá a un veloz descubrimiento de la verdad, porque Dios siempre protege a los experimentadores honestos.
La característica que distingue a la civilización moderna es la multiplicación indefinida de las necesidades humanas. La característica de la civilización antigua es la restricción imperativa y la regulación estricta de tales necesidades.
La regla de oro de nuestra conducta es la tolerancia mutua. En efecto, resulta evidente que jamás tendremos todos la misma opinión y que la verdad se nos presentará de modo fragmentario según sus distintos aspectos. La consciencia no nos habla a todos de manera idéntica. Sin duda, es una excelente guía para cada uno. Pero querer imponer a los otros nuestra conducta individual sería una distorsión intolerable de la libertad de consciencia.
La propagación de la verdad y la no violencia puede realizarse mejor viviendo realmente tales principios, que divulgándolos a través de los libros. La vida vivida realmente es más significativa que los libros.
LA ESPIRITUALIDAD Y LA INTREPIDEZ
Me gusta la música y todas las demás artes. Pero no les atribuyo valor, como sucede en general. Así, por ejemplo, no puedo encontrarle valor a ninguna actividad que para ser comprendida exija conocimientos técnicos. Cuando contemplo el cielo sembrado de estrellas en su infinita belleza, esto es para mis ojos (y significa para mí) más que todo lo que pueda darme el arte humana.
Muchas veces, se confunde el conocimiento espiritual con el progreso espiritual. La espiritualidad no es cuestión de saberes escriturales ni de discusiones filosóficas. Más bien, se trata de robustecer el corazón por encima de toda medida. La primera exigencia de toda espiritualidad es la intrepidez. Resulta imposible que un cobarde sea virtuoso.
Cada cual le ora a Dios según su propia luz.
Todas las creencias constituyen una revelación de la verdad, pero todas son imperfectas y están sujetas a errores. La reverencia que nos inspiran las religiones no deben cegarnos ante sus defectos. Igualmente, debemos ser agudamente sensibles a los defectos de nuestra fe, no para dejarlos tal como están sino para tratar de superarlos. Al observar con ojo imparcial las demás religiones, no sólo no debemos vacilar en incorporar a nuestra fe los rasgos aceptables de las otras creencias sino, por el contrario, pensar que ese es nuestro deber.
El sano descontento es un preludio del progreso.
No hay un término medio entre la verdad y la falsedad, entre la no violencia y la violencia. Tal vez jamás logremos tanta fortaleza como para ser íntegramente no violentos en el pensamiento, la palabra y la acción. Pero tendremos que mantener la no violencia como meta y tratar de evolucionar en forma constante hacia ella.
El odio siempre mata, el amor nunca muere: tal es la vasta diferencia entre ambos. Lo que se obtiene mediante el amor es retenido para siempre. Lo que se obtiene con el odio se vuelve en realidad una carga, porque incrementa los rencores.
Estoy convencido de mis propias limitaciones: esta convicción es mi fortaleza.
Perdonar y aceptar la injusticia es cobardía.
Desde el punto de vista de la verdad, el cuerpo no es más que una posesión accidental. Con mucha razón se dice que lo que crea al cuerpo es el deseo de gozar, para ponerlo a disposición del alma. Cuando el deseo se apaga, el cuerpo ya no tiene razón de ser y el hombre se ve entonces libre del círculo vicioso de los nacimientos y las muertes. El alma es omnipresente: ¿por qué va a querer verse encerrada en una jaula como el cuerpo? En consecuencia, hay que alcanzar una renuncia total y aprender a servirse del cuerpo -mientras existe- para entregarse a los demás, hasta el punto de que la consumación de este sacrificio tiene que transformase en nuestro verdadero pan, indispensable para nuestra vida.
CAPTACIÓN DE LA VERDAD
Mientras estemos embutidos en este esqueleto, nos será imposible captar perfectamente la verdad. Solamente nuestra imaginación puede permitirnos anticipar tal momento. El instrumento efímero que es nuestro cuerpo nos impide ver cara a cara la verdad, que es eterna. Por ello, en definitiva, todo depende de nuestra fe.
No se es forzosamente silencioso por el hecho de tener la boca tapada. Hasta pueden habernos cortado la lengua, sin que por ello hayamos conocido el silencio verdadero. El hombre silencioso es el que teniendo la posibilidad de hablar, jamás pronuncia una palabra de más.
No es para nada censurable que un hombre persiga la verdad según sus propias luces, todo lo contrario: su obligación es hacerlo. En consecuencia, si alguien que persigue de tal modo la verdad se equivoca, de inmediato se rectifica... En semejante búsqueda desinteresada de la verdad nadie puede andar desorientado durante mucho tiempo, pues al instante de tomar el rumbo errado tropezará, y luego retomará el sendero correcto. De ahí que la procura de la verdad sea su verdadera devoción.
Una plegaria sincera está muy lejos de ser un recitado articulado con la boca. Es un anhelo interno que se expresa en cada palabra y en cada acto, en cada negación y en cada uno de los pensamientos del hombre. Si nos asalta con éxito un mal pensamiento, debemos saber que apenas ofrecimos una plegaria de los dientes para afuera. Otro tanto ocurre con las malas palabras que puedan escapar de nuestra boca o de los malos actos que practiquemos. La plegaria genuina es un escudo y una protección total contra dicha trinidad de males.
LA PLEGARIA
En el primer ímpetu de la plegaria real y viviente, no siempre nos asiste el éxito. Debemos luchar con nosotros mismos, tenemos que creer a pesar de nosotros. En ello, los meses parecen años. Por lo tanto, si queremos comprobar la eficacia de la plegaria, debemos cultivar una paciencia ilimitada.
Nos sumiremos en la tiniebla y los desengaños -y hasta en otras situaciones peores- pero debemos tener el coraje suficiente para luchar contra todo y no sucumbir a la cobardía. Para un hombre de oración, no existe nada que se parezca al retroceso.
En la resistencia civil de las masas, el liderazgo resulta esencial. En la resistencia civil individual, cada resistente es su propio líder.
Los siete pecados de la sociedad: política sin principios, riqueza sin trabajar, júbilo sin consciencia, conocimiento sin carácter, comercio sin moralidad, ciencia sin humanidad, rezar sin sacrificio.
- Gandhi -
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