SATYAGRAHA NO ADMITE...

Muchas veces he planteado que satyagraha no admite la violencia, los saqueos, las acciones incendiarias; pero en su nombre se incendiaron edificios, se capturaron armas por la fuerza, se extorsionó dinero, se detuvieron trenes, se cortaron líneas de telégrafo, se mató a inocentes y se saquearon comercios y domicilios privados. Si hazañas como esas van a salvarme de la cárcel o del patíbulo, prefiero no ser salvado.

No logro entender la excitación y los disturbios que siguieron a mi último arresto. Eso no es satyagraha. Quienes se unieron al movimiento prometieron refrenar, bajo todo concepto, cualquier acto de violencia, no arrojar piedras y lastimar gente de cualquier manera. Pero en Bombay estuvimos tirando piedras. Estuvimos obstruyendo a los trenes colocando obstáculos en su camino. Eso no es satyagraha. Hemos exigido la liberación de cincuenta hombres detenidos por actos de violencia. Pese a que nuestro deber es mayormente ser arrestados. Promover la libertad de gente arrestada por acciones violentas es quebrar los deberes religiosos.

No debe haber impaciencia, barbaridades, insolencia o presión indebida. Si queremos cultivar un verdadero espíritu de democracia, no podemos permitirnos ser intolerantes. La intolerancia traiciona la fe en la propia causa.

LAS MINORIAS Y LAS MUCHEDUMBRES

Hay en la multitud tantas corrientes ocultas de violencia -conscientes o inconscientes- que he rogado por una derrota desastrosa. Siempre estuve en minoría. En Sudáfrica empecé con la unanimidad general, bajé después a una minoría de sesenta y cuatro. Y hasta de dieciséis, para subir luego a una inmensa mayoría. El mejor trabajo y el más sólido se hizo en el desierto de la minoría.

Le tengo miedo a la mayoría. Me da asco la adoración de una muchedumbre carente de juicio. Sentiría el terreno más firme bajo mis pies si ella me escupiera. Un amigo me advirtió que no debía explotar mi dictadura. Lejos de haberla explotado, me pregunto si no soy yo quien se deja "explotar". Confieso que le siento terror, como nunca lo sentí antes. Mi única salvación está en mi intrepidez.

Le advertí a mis amigos del Congreso que soy incorregible: toda vez que el pueblo cometa errores, continuaré confesándolos. El último tirano que reconozco en este mundo es la serena vocecita que está dentro de nosotros. Y aunque debiera contar con una minoría de uno solo tendría el coraje de ser esa minoría desesperada. Para mí, ese es el único partido sincero.

Hoy día, soy un hombre más triste y, quiero creerlo, más sabio. Veo que nuestra no violencia es superficial. Nos quema la indignación. El gobierno la alimenta con sus actos insensatos. Podría decirse que su deseo es el de ver el país cubierto de muertos, incendios y pillajes, a fin de justificar su pretensión de ser el único capaz de reprimirlos. Me parece que nuestra no violencia sale más de nuestra impotencia como si dentro de nuestros corazones acariciáramos el deseo de vengarnos no bien se nos presente la ocasión. ¿Acaso la no violencia voluntaria puede surgir de esta violencia forzada de los débiles? La que estoy tratando de realizar, ¿no es una experiencia inútil?

Y si, cuando estallara la furia, ni uno solo quedara indemne, si la mano de cada cual se alzara contra el prójimo, ¿de qué serviría entonces que yo ayune hasta la agonía, después de semejante desastre? Si no son capaces de la no violencia, adopten lealmente la violencia, ¡pero sin hipocresía! La mayoría simula aceptar la no violencia... ¡Que conozca entonces su responsabilidad! Por el momento debe retardarse la desobediencia civil e imponerse por ahora una obra constructiva... de lo contrario, nos veremos ahogados en aguas cuya profundidad ni siquiera imaginamos...

CONTRA LA HIPOCRESÍA

El abogado general tiene razón cuando dice que, como hombre responsable que recibió una buena porción de educación, así como experiencia en el mundo, yo debería conocer las consecuencias de mis actos. Yo sabía que jugaba con fuego, y corrí el riesgo: si me pusieran en libertad, volvería a empezar. He reflexionado maduramente estas noches. Esta mañana sentí que no cumpliría con mi deber si no dijera lo que digo en este momento. Me he empeñado y sigo empeñado en evitar la violencia. La no violencia es el primer artículo de mi fe, y el último. Pero debía elegir: o bien someterme a un sistema político que considero como causante de un mal irreparable a mi país, o bien correr el riesgo de ver desencadenado el furor insensato de mi pueblo cuando supiera la verdad.

MI PRISIÓN

Yo sé que mi pueblo se vuelve loco a veces, y me enojo profundamente. Es por eso que estoy aquí para someterme, no a un castigo leve, sino al más pesado. No pido misericordia, no alego ninguna circunstancia atenuante. Estoy aqui en prisión para pedir y aceptar gozoso la pena más alta que pueda infligirse por lo que, de acuerdo con la ley, es un delito deliberado y que me parece el primer deber de un ciudadano. ¡Jueces, elijan: dimitan o castíguenme!

Me enoja que el gobierno me haya liberado prematuramente, por causa de mi enfermedad. Esta clase de liberación no me causa placer alguno, pues considero que la enfermedad de un prisionero no ofrece razón alguna para devolverle la libertad.

Hago un llamado a todos los que sienten un poco de amor hacia mí. ¡Únanse! Sé que la tarea es difícil; pero nada es difícil, si tenemos fe verdadera en Dios. Hindúes, mahometanos, ¡pongan fin a su mutua desconfianza! Es la debilidad lo que engendra el temor, y el temor produce la desconfianza.

Me aferro a la India como una criatura al seno materno, porque siento que es ella la que me da el alimento espiritual que necesito. Cuando ese alimento falte, seré como un huérfano. Me retiraré a las soledades del Himalaya, para cobijar ahí mi alma desgarrada.

SOY UN IDEALISTA PRÁCTICO

La ley del amor entero -sin excepciones ni restricciones- es la ley de mi ser. Pero no predico esta ley suprema mediante las medidas políticas que preconizo: sería condenarse al fracaso por anticipado. No sería razonable esperar que las masas obedezcan actualmente esta ley... No soy un visionario: sólo pretendo ser un idealista práctico.

La moralidad es la base de todas las cosas, y la verdad es la substancia de toda moralidad.

No comparto la idea de que en la tierra hay o habrá una única religión. Por eso, lucho para descubrir un factor común y también para inducir la tolerancia mutua.

La purificación de sí mismo, aunque no parezca ofrecer alguna realidad palpable, es el medio más poderoso para reformular nuestro entorno y superar los escollos más pesados.

Este proceso de purificación obra de un modo sutil, invisible. Pese a su aparente lentitud, a menudo fatigosa, es el medio por excelencia, el más directo, el más seguro y el más corto para alcanzar la liberación. Jamás se realizarán bastantes esfuerzos para lograrla. Pero como punto de partida debe haber una fe inquebrantable como una roca.

EL ERROR Y LA HERMANDAD

Un error no se convierte en verdad como resultado de la propagación multiplicada, y tampoco la verdad se vuelve un error porque nadie la percibe.

Cuando veo a un hombre cayendo en el error o hundiéndose en el vicio, me digo que eso también me pasó a mí no hace demasiado tiempo. Por eso mismo, me siento hermano de todos los hombres y, para ser feliz, tengo la necesidad de ver feliz hasta al más pequeño de mis semejantes.

La vida solitaria que llevé en Africa del Sur tanto como jefe de familia, abogado, reformador social o político requería para el debido cumplimiento de estos deberes una estricta regulación de la vida sexual y una rígida práctica de la no violencia y la verdad en las relaciones humanas, ya sea en las que mantenía con mis compatriotas como con los europeos. Sostengo que no soy nada más que un hombre común con menos capacidades que las comunes. Tampoco puedo afirmar que tengo algún mérito especial por la no violencia o la continencia, puesto que he podido llegar a eso sólo tras laboriosas búsquedas. No tengo la menor sombra de duda que cualquier hombre o mujer podría lograr lo que he hecho si realizara el esfuerzo que yo hice y cultivara la misma esperanza y la misma fe.

Si Dios quiere enviarme a Occidente, iré allá para tocar el corazón de las masas, para hablar con toda serenidad con la juventud de esos países y, finalmente, para tener el privilegio de reunirme con hombres que, como yo, buscan la paz a toda costa, pero jamás menoscabando la verdad.

- Gandhi -






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