Hace muchos años, en un pequeño pueblo a las afueras de Nueva Delhi, estuve en una habitación
pequeña y mal ventilada con un hombre muy viejo y un sacerdote joven. El sacerdote se sentó en el
piso balanceándose de atrás hacia adelante mientras recitaba palabras escritas con tinta en hojas de
corteza de aspecto antiguo. Yo escuchaba sin comprender en absoluto lo que entonaba el sacerdote.
Él era del extremo sur y su idioma, el tamil, me era desconocido. Pero yo sabía que me estaba
contando la historia de mi vida, pasada y futura. Me pregunté cómo me había enredado en todo eso
y empecé a retorcerme.
Fue necesario un arduo trabajo de convencimiento por parte de un amigo para llevarme a esa
habitación. “No es solo jyotish, es mucho más sorprendente”, me dijo. La astrología hindú se
llama jyotish y se remonta a miles de años. La consulta del astrólogo familiar es una práctica
común en India, donde las personas planean bodas, nacimientos y hasta transacciones
rutinarias de negocios con base en sus cartas astrológicas (Indira Gandhi fue una célebre
seguidora de la jyotish). Pero los tiempos modernos han contribuido a la decadencia de la
tradición. Yo, como hijo de una India moderna y más tarde médico practicante en
Occidente, había evitado sistemáticamente cualquier contacto con la jyotish.
Pero mi amigo logró su cometido y tuve que admitir que sentía curiosidad por lo que ocurriría. El
sacerdote joven, vestido con una falda ceñida que dejaba su pecho descubierto y con el cabello
brillante por el aceite de coco -rasgos típicos de los sureños- no trazó mi carta astral. Todas las
cartas que necesitaba habían sido trazadas cientos de años atrás. En otras palabras, alguien se sentó
bajo una palmera hace muchas generaciones, tomó un trozo de corteza -conocido como nadí- y
escribió mí vida en ella.
Estas nadis se hallan dispersas por toda India y sólo por azar puedes encontrar una relacionada
contigo. Mi amigo había buscado durante varios años una para él; el sacerdote sacó un fajo entero
para mí, ante la sorpresa y deleite de mi amigo. Debes venir a la lectura, me insistió.
El anciano sentado al otro lado de la mesa traducía al hindi los cantos del sacerdote. Debido a la
coincidencia de fechas de nacimiento y a la inevitable vaguedad cuando se habla de siglos, los
nadis pueden superponerse parcialmente, de tal suerte que las primeras hojas no se aplicaban a mí.
Sin embargo, hacía la tercera o cuarta hoja, el joven sacerdote de la voz monótona empezó a leer
datos sorprendentemente precisos: mi fecha de nacimiento, mi nombre y el de mi esposa, el número
de hijos que tenemos y el lugar donde vivían, el día y la hora de la reciente muerte de mi padre,
así como su nombre exacto y el nombre de mi madre.
Al principio parecía haber un error: el nadi registraba un nombre equivocado para mi madre,
Suchinta, cuando en realidad se llama Pushpa. Este error me inquietó, así que hice una pausa y fui a
un teléfono para preguntarle a ella. Mi madre me dijo, con gran sorpresa, que su nombre original
era Suchinta, pero como éste rima con la palabra que en hindú significa “triste”, un tío sugirió que
se lo cambiaran cuando cumpliera tres años. Colgué el teléfono preguntándome qué significaba
toda aquella experiencia, pues el joven sacerdote también había leído que un pariente intervendría
para cambiar el nombre de mi madre. Nadie de mi familia había mencionado jamás este incidente,
prueba de que el sacerdote no estaba incurriendo en alguna lectura de la mente.
Diré en beneficio de los escépticos que el joven sacerdote había pasado prácticamente toda su vida
en un templo en el sur de India y no hablaba inglés ni hindi. Ni él ni el anciano sabían quién era yo.
Pues bien, en esta escuela de jyotish, el astrólogo no apunta la fecha de nacimiento de la persona ni
bosqueja una carta astral para interpretarla. En vez de ello, la persona llega a la casa del lector de
nadis; éste le toma la huella del pulgar y con base en eso localiza las cartas correspondientes (no
hay que olvidar que los nadis pueden estar perdidos o dispersos). El astrólogo sólo lee lo que
alguien escribió sobre esa persona hace, quizá, miles de años. Y he aquí otro giro de este misterio:
los nadis no versan acerca de todos los individuos que vivirán en algún momento, ¡sólo sobre
quienes algún día acudirían a la casa del astrólogo para pedir una lectura!
Con profunda fascinación escuché durante una hora información arcana de una vida pasada
que yo había tenido en un templo del sur de India, los pecados de aquella vida que habían
provocado dolorosos problemas en ésta y (después de un momento de duda cuando el lector
me preguntó si en verdad quería saber) el día de mi muerte. Para mi tranquilidad, la fecha era
lejana, aunque más tranquilizadora fue la promesa del nadi acerca de que mi esposa y mis hijos
tendrían largas vidas llenas de amor y éxitos.
Me alejé del anciano y del joven sacerdote bajo el ardiente, cegador sol de Delhi, casi mareado por
la duda acerca de cómo cambiaría mi vida aquel conocimiento. Pero lo importante no fueron los
detalles de la lectura; he olvidado casi todos y rara vez pienso en el incidente, excepto cuando mis
ojos se posan en una de aquellas hojas de corteza pulida, hoy enmarcada y exhibida en un sitio de
honor en nuestra casa. El joven sacerdote me la entregó con una tímida sonrisa antes de que
partiéramos. La información que sí ejerció un profundo impacto fue la fecha de mi muerte. Tan
pronto como la supe, sentí una profunda sensación de paz y una sobriedad renovada que desde
entonces ha modificado sutilmente mis prioridades.
Al reflexionar ahora en todo aquello, me gustaría que hubiera otro nombre para la astrología, como
“cognición no circunscrita”. Alguien que vivió hace siglos me conocía mejor de lo que yo me
conozco. Él me vio como una pauta en el universo realizándose a sí misma y vinculada con
patrones anteriores, capa sobre capa. Sentí que con esa hoja de corteza recibí una prueba directa de
que no estoy restringido al cuerpo, la mente o las experiencias que llamo “yo”.
Cuando vives en el centro de la realidad única empiezas a percibir patrones que vienen y se van. Al
principio, estos patrones siguen pareciendo personales. Tú los creas y eso produce una sensación de
acoplamiento. Se sabe que los artistas no coleccionan sus propias obras; lo que les produce
satisfacción es el acto creativo. Una vez concluida, la pintura pierde vitalidad; se le ha exprimido
todo el jugo. Lo mismo ocurre con los patrones creados. La experiencia pierde su jugo cuando
sabes que tú la has creado.
El concepto de distanciamiento, presente en todas las tradiciones espirituales orientales, preocupa a
muchas personas porque lo consideran equivalente a pasividad y desinterés. Pero en realidad se
relaciona con el distanciamiento que siente cualquier creador una vez terminada la obra. Cuando
hemos creado y vivido una experiencia, el distanciamiento surge con naturalidad. Sin embargo, no
ocurre de manera inmediata. Durante mucho tiempo permanecemos fascinados por el juego de la
dualidad, opuestos en conflicto constante.
En algún momento llegamos a estar preparados para vivir la experiencia llamada metanoia, que en
griego significa cambiar de opinión. Debido a que la palabra apareció muchas veces en el Nuevo
Testamento, adquirió más de un significado espiritual. Significaba cambiar de opinión acerca de
una vida pecaminosa, luego contrajo la connotación de arrepentimiento, y finalmente se amplió
hasta significar salvación eterna. Pero sí salimos de los muros de la teología, la metanoia es muy
cercana a lo que aquí hemos llamado transformación. Cambias tu sentido del yo de circunscrito a
no circunscrito. En vez de considerar “mía” cada experiencia, adviertes que todos los patrones del
universo son temporales. El universo revuelve una y otra vez su material básico para crear
nuevas formas, y durante un tiempo has llamado a una de esas formas “yo”.
Pienso que la metanoia es el secreto detrás de la lectura de nadis. Un remoto vidente miró dentro de
sí y seleccionó una onda de la conciencia que tenía el nombre Deepak acoplado a ella. Escribió el
nombre junto con otros detalles surgidos en el espacio-tiempo. Esto implica un nivel de conciencia
que debo alcanzar dentro de mí. Si pudiera verme como una onda en el campo de luz (jyotish
significa “luz” en sánscrito), encontraría la libertad que no puedo lograr si sigo siendo quien soy
dentro de mis límites aceptados. Si los nombres de mis padres se supieron antes de mi nacimiento,
y si la fecha de la muerte de mi padre pudo calcularse generaciones antes de que naciera, estas
precondiciones están cerradas al cambio.
La libertad auténtica ocurre sólo en la conciencia no circunscrita.
La capacidad de cambiar de la conciencia circunscrita a la no circunscrita es para mí el significado
de la redención o salvación. Vamos a ese lugar donde el alma vive sin tener que morir primero. En
vez de exponer de nuevo la metafísica de esto, permíteme reducir el tema de la no localidad a algo
que todos buscamos: la felicidad. El deseo de ser feliz es intensamente personal y, por tanto, algo
que encargamos al ego, cuyo objetivo único es que “yo” sea feliz. Si resulta que la felicidad esta
fuera de “mí”, en el ámbito de la conciencia no circunscrita, ése sería un argumento convincente en
favor de la metanoia.
La felicidad es algo complejo para los seres humanos. Nos resulta difícil experimentarla sin
recordar lo que puede destruirla. Algunas de éstas sobreviven al pasado como heridas
traumáticas; otras son proyecciones hacia el futuro, como preocupaciones y anticipaciones
de desastres.
No es culpa nuestra que la felicidad sea escurridiza. El juego de opuestos es un drama cósmico y
nuestras mentes han sido condicionadas por él. La felicidad, como sabemos, es demasiado buena
para durar. Y esto es cierto, siempre y cuando la definas como “mi” felicidad; al hacerlo te atas a
una rueda que debe girar en sentido contrario. La metanoia, o conciencia no circunscrita, resuelve
este problema trascendiéndolo porque no hay otra manera. Los ingredientes que integran tu vida
están en conflicto. Aun si pudieras manipular cada uno de manera que condujera sistemáticamente
a la felicidad, subsiste el problema sutil del sufrimiento imaginario.
Los terapeutas pasan años liberando a las personas de todo lo que ellas imaginan que podría salir
mal en sus vidas, cosas que nada tienen que ver con las circunstancias reales.
Esto me recuerda la experiencia que vivió un colega hace años cuando yo estaba en capacitación.
Él tenía una paciente muy aprensiva que acudía cada pocos meses a hacerse una revisión completa,
aterrada por la posibilidad de contraer cáncer. Los rayos X siempre resultaban negativos, pero ella
insistía, cada vez tan preocupada como las anteriores. Finalmente luego de muchos años, los rayos
X mostraron que en efecto tenía un tumor maligno. Con aspecto triunfante gritó: “¿Ven? ¡Se los
dije!” El sufrimiento imaginario es tan real como cualquier otro, y en ocasiones se fusionan.
El hecho de que alguien se aferré a la infelicidad con tanta fuerza como otros lo hacen a la felicidad
resulta desconcertante, hasta que analizamos cuidadosamente la conciencia
circunscrita. La conciencia circunscrita está presa en la frontera entre el ego y el universo.
Este lugar produce ansiedad. Por un lado, el ego obra como si tuviera el control. Navegas
por el mundo con la asunción tácita de que eres importante y obtener lo que deseas es
importante. Pero el universo es vasto y las fuerzas de la naturaleza, impersonales. La
sensación de control del ego y el engreimiento parecen una absoluta ilusión cuando
consideras que los seres humanos apenas son una mota en el lienzo del universo. No hay
seguridad para quien sabe en el fondo que su posición en el centro de la creación es
ilusoria: la evidencia física de nuestra insignificancia resulta aplastante.
¿Pero es posible escapar? En su propio ámbito, el ego dice no. Tu personalidad es un patrón
kármico aferrado ferozmente a sí mismo. Sin embargo, cuando te distancias de la conciencia
circunscrita abandonas el juego del ego, esto es, te apartas totalmente del problema de encontrar la
felicidad del “yo” El individuo no puede ser aplastado por el universo si no hay tal individuo.
Mientras vincules tu identidad con alguna parte de tu personalidad, por pequeña que sea, todo lo
demás viene por añadidura. Es como entrar en un teatro y escuchar a un actor decir “ser o no ser”.
Al instante conocemos al personaje, su historia y su trágico destino.
Los actores pueden descartar un papel y adoptar otro con un rápido ajuste mental. El cambio de
Hamiet a Macbeth no se hace palabra por palabra; simplemente evocas el personaje correcto. Más
aún, cuando cambias de un personaje a otro te trasladas a lugares distintos: Escocia en vez de
Dinamarca, una tienda de brujas al lado del camino en vez de un castillo cerca del Mar del Norte.
Una manera de renunciar a la conciencia circunscrita es darte cuenta de que ya lo has hecho.
Cuando vamos a casa el día de Acción de Gracias, tal vez representemos automáticamente el papel
del niño que fuimos. En el trabajo personificamos un papel distinto al que adoptamos durante las
vacaciones. Nuestra mente es tan eficiente para almacenar papeles opuestos que hasta los niños
más pequeños saben cambiar fácilmente de uno a otro. Cuando se han utilizado cámaras ocultas
para observar a niños de tres años jugar sin la supervisión de adultos, los padres frecuentemente se
sorprenden al ver la transformación que sufren sus hijos. El niño dulce, obediente y conciliador
puede convertirse en un violento bravucón. Algunos psicólogos infantiles afirman que la crianza
desempeña un papel menor en el desarrollo del niño. Dos pequeños criados bajo el mismo techo y
la misma atención de sus padres, pueden ser tan diferentes fuera de casa que resulte imposible
reconocerlos como hermanos. Pero sería más correcto decir que los niños aprenden muchos papeles
simultáneamente y que el aprendido en casa es sólo uno de ellos. Además, no deberíamos esperar
que fuera de otro modo.
Si puedes reconocer esto en ti, la conciencia no circunscrita está a sólo un paso. Todo lo que
necesitas es darte cuenta de que todos tus papeles existen de manera simultánea. Al igual que un
actor, mantienes a tus personajes en un lugar más allá del tiempo y el espacio. Macbeth y Hamiet se
encuentran simultáneamente en la memoria del actor. Para representarlos en el escenario hacen
falta horas, pero su hogar
auténtico no es un sitio donde pasen las horas. El papel completo está en la conciencia, en silencio
pero completo en todos sus detalles.
Del mismo modo, tú almacenas esos papeles superpuestos en un sitio que es más tu hogar que el
escenario donde representas los dramas. Si intentas separar estos papeles superpuestos, encontrarás
que ninguno de ellos eres tú. Tú eres quien oprime el botón mental que permite al papel cobrar
vida. De tu amplio repertorio seleccionas situaciones que representan el karma personal, y cada
ingrediente encaja a la perfección para producir la ilusión de que eres un ego individual.
El tú real está distanciado de cualquier papel, escenario o drama. Desde el punto de vista espiritual,
el distanciamiento no es un fin en sí mismo; es algo que se desarrolla hasta alcanzar una clase de
maestría, con la cual puedes cambiar de la conciencia circunscrita a la no circunscrita siempre que
quieras. A esto se refieren los Sutras de Shiva cuando dicen que usemos la memoria sin permitirle
utilizarnos. Pones en práctica el distanciamiento cuando renuncias a tus papeles memorizados, con
lo cual te liberas del karma adjunto a cada uno de ellos. Si intentas cambiar tu karma parte por parte
obtendrás resultados limitados, pero ese modelo mejorado de ti no será más libre que el anterior.
Si en verdad existe un secreto para la felicidad, sólo puede encontrarse en la fuente de la felicidad,
que tiene las siguientes características:
La fuente de la felicidad es...
.. No circunscrita.
.. Distanciada.
.. Impersonal.
.. Universal.
.. Ajena al cambio.
.. Esencial.
Esta lista descompone la metanoia en sus partes constitutivas. Metanoia significaba originalmente
cambio de opinión, y creo que los mismos elementos resultan pertinentes:
No circunscrita. Antes de cambiar de opinión debes salir de ti mismo para adquirir una perspectiva
más amplia. El ego trata de reducir todos los asuntos a: “¿Qué obtendré de esto?” Cuando
reformulas la pregunta como “¿Qué obtendremos de esto?” o “¿Qué obtendrán todos de esto?” tu
corazón se sentirá inmediatamente menos confinado y constreñido.
Distanciada. Si tienes interés en un resultado específico, no puedes permitirte un cambio de actitud.
Los límites han sido establecidos; todos han decidido de qué lado ponerse. El ego insiste en que
mantener tu mirada en el premio -esto es, el resultado que él quiere- es de suma importancia.
Pero gracias al desprendimiento te das cuenta de que muchos resultados podrían beneficiarte.
Trabajas en favor del que deseas, pero permaneces suficientemente desprendido para cambiar de
actitud cuando tu corazón te lo diga.
Impersonal. Las situaciones parecen ocurrirle a las personas, pero en realidad se desarrollan a partir
de causas kármicas más profundas. El universo se despliega para sí mismo, produciendo todas las
causas necesarias. No tomes este proceso de manera personal. El juego de causa y efecto es eterno.
Tú eres parte de este ascenso y descenso perpetuo, y sólo montando las olas evitarás que te hundan.
El ego toma todo de manera personal excluyendo toda guía o propósito más elevado. Si puedes,
ten conciencia de que un plan cósmico está desarrollándose, y valora el tapiz
increíblemente tejido por lo que es: un diseño sin parangón.
Universal. Cierta vez, cuando me esforzaba en comprender el concepto budista de la muerte del
ego -que entonces me parecía frío y desalmado-, alguien me tranquilizó diciendo: “No es que
destruyas lo que eres. Simplemente extiendes tu sentido del "'yo' desde tu pequeño ego hasta el
ego cósmico". Es una gran propuesta, pero lo que me gustó de esta versión es que nada queda
excluido. Empezamos a ver cada situación como parte de nuestro mundo, y aunque ese sentido de
inclusión empiece modestamente -mi familia, mí casa, mi vecindario- puede crecer de manera
natural. El hecho mismo de que al ego le parezca absurdo decir mi mundo, mi galaxia, mi universo,
implica que se impone un cambio que no puede hacer por sí mismo. La idea clave es tener en
mente que la conciencia es universal, por más que tu ego te haga sentir confinado.
Más allá del cambio. La felicidad a la que estás acostumbrado viene y va. En vez de imaginar un
manantial seco, piensa en la atmósfera. En ella siempre hay humedad, y en ocasiones se libera en
forma de lluvia. Los días en que no llueve no hacen desaparecer la humedad; ésta siempre se halla
presente en el aire, esperando a precipitarse tan pronto cambien las condiciones. Tú puedes adoptar
la misma actitud con respecto a la felicidad, la cual siempre está presente en la conciencia sin tener
que precipitarse en todo momento: se muestra cuando las condiciones cambian. Las personas tienen
distintas líneas de fondo emocionales, y algunas experimentan más alegría, optimismo y
satisfacción que otras.
Esta variedad manifiesta la diversidad de la creación. No podemos esperar que el desierto y la selva
tropical se comporten del mismo modo. No obstante, estas diferencias de carácter son superficiales.
Todos podemos acceder a la misma felicidad inmutable en nuestra conciencia. Ten presente esta
verdad y no utilices las altas y bajas de tu felicidad personal como pretexto para no realizar el viaje
a la fuente.
Esencia. La esencia no es algo único. Es uno de los muchos sabores de la esencia. Cierta vez, un
discípulo se quejó con su maestro de que todo el tiempo que había dedicado al trabajo espiritual no
lo había hecho feliz. “Tu trabajo en este momento no es ser feliz”, respondió con prontitud el
maestro. “Tu trabajo es llegar a ser real.” La esencia es real, y cuando la atrapas, la felicidad viene
con ella porque todas las cualidades de la esencia vienen con ella. Buscar la felicidad como un fin
en sí mismo resulta limitado; podrás sentirte afortunado si logras satisfacer los requerimientos de tu
ego para una vida feliz. Si en vez de eso te esfuerzas por lograr un cambio total de conciencia, la
felicidad llegará como un obsequio de la conciencia.
El decimotercer secreto se refiere a la libertad personal. Es imposible que seas libre si tus
interacciones con el universo son personales: una persona es un paquete limitado. Si
permaneces dentro del paquete, también lo hará tu conciencia. A partir de hoy, empieza a
actuar como si tu influencia se extendiera a todas partes. Uno de los espectáculos más
comunes en India, y en todo Oriente, eran los monjes con togas color azafrán meditando
antes del amanecer. Muchas otras personas —mi abuela y mi madre entre ellas— también
se levantaban a esa temprana hora para ir al templo a rezar. El objetivo de esta práctica es
recibir al día antes de que empiece.
Recibir al día antes de que empiece significa estar presente al momento de su nacimiento. Te abres
a una posibilidad. Como todavía no hay acontecimientos, el día recién nacido está abierto, es fresco
y nuevo. Puede convertirse en cualquier cosa. Los monjes que meditan y las personas que rezan
quieren añadir la influencia de su conciencia durante ese momento crítico, como estar presente en
el inicio de la vida de un bebé.
Tú puedes hacer lo mismo hoy. Despiértate más temprano de lo que sueles hacerlo (lo ideal es que
realices este ejercicio sentado y a la primera luz del día, pero puedes hacerlo acostado en tu cama
antes de levantarte) y permite que tu mente contemple el día que comienza. Al principio es posible
que notes residuos del hábito. Te verás realizando tu rutina normal en el trabajo, los quehaceres
cotidianos relacionados con tu familia y otras obligaciones. Luego es probable que experimentes
residuos de ayer: el proyecto no concluido, la fecha límite que se acerca, una discusión no resuelta.
A continuación, es posible que experimentes el regreso de las preocupaciones, todo lo que esté
pendiendo sobre tu cabeza en ese momento.
Permite que todo esto entre y salga de tu conciencia. Ten la intención de que esta maraña de
imágenes y palabras se despeje. De cualquier forma, tu ego se hará cargo de todos estos asuntos
habituales. Sigue contemplando el día que comienza, que no es cuestión de imágenes ni
pensamientos, puesto que apenas está naciendo. Siéntelo; trata de recibirlo con tu ser.
Luego de unos momentos notarás que tu mente no siente el impulso de saltar apresuradamente de la
cama. Entrarás y saldrás de una conciencia borrosa, lo cual significa que te has sumergido bajo la
capa superficial de la inquietud mental. (Sin embargo, evita dormirte de nuevo. Cuando surja la
somnolencia, vuelve a tu intención de recibir al día.)
En este momento descubrirás que tu mente, dejando de lado las imágenes, adopta un ritmo de
sentimientos. Es más difícil de describir que las imágenes o las voces. Semeja una sensación de
cómo serán las cosas, o de estar preparado para todo lo que venga. No esperes algo dramático. No
estoy hablando de premoniciones ni portentos. Se trata de una experiencia simple: tu ser está
recibiendo el día en el nivel de la incubación, donde los acontecimientos son semillas preparándose
para germinar. Tu único propósito es estar ahí. No necesitas cambiar nada; no tienes que adherirte a
juicios u opiniones sobre lo que debe pasar hoy. Cuando recibes al día, añades la influencia de tu
conciencia en silencio.
¿Y eso de qué sirve? El efecto ocurre en un nivel sutil. Es como sentarse junto a la cama de un niño
mientras se queda dormido. Tu presencia es suficiente, sin palabras o acciones, para tranquilizarlo.
El día necesita comenzar en un estado de tranquilidad, libre de los residuos y torbellinos de la
actividad de ayer. Pero también añades un nivel sutil de intención al recibir al día. Tu
intención es permitir a la vida desplegarse según su voluntad. Te has presentado con la
mente y el corazón abiertos.
He descrito este ejercicio en detalle con el fin de abrir el sendero que tu mente podría seguir. Sin
embargo, no experimentarás estas etapas exactamente como las he presentado. El ejercicio será
exitoso si alcanzas, aunque sea brevemente, alguno de los siguientes estados de conciencia:
.. Te sientes nuevo. Este día será único.
.. Te sientes tranquilo. Este día resolverá algún asunto estresante.
.. Te sientes en armonía. Este día estará libre de conflictos.
.. Te sientes creativo. Este día te mostrará algo nunca antes visto.
.. Te sientes afectuoso. Esta día limará asperezas e incluirá a quienes se sienten excluidos.
.. Te sientes completo. Este día fluirá sin obstáculos.
Ahora ya conoces el mundo previo al amanecer, en que santos y sabios se han afanado
durante miles de años. Lo que han estado haciendo, y lo que ahora estás empezando a
hacer, es precipitar la realidad a la Tierra. Estás abriendo un canal en tu propia conciencia
mediante el cual renovación, paz, armonía, creatividad, amor y plenitud tienen la
oportunidad de estar aquí. Sin alguien que reciba el día, estas cualidades existen sólo
dentro de los individuos, y a veces ni eso.
Como lluvia que cae de un cielo despejado, tu influencia provoca que una posibilidad se
manifieste.
- Deepak Chopra -
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