La razón más común de que las personas se acerquen a la espiritualidad es hacer frente al
sufrimiento. No por accidente, sino porque todas las religiones prometen aliviar el dolor: la fe
trasciende las penalidades de la carne y el alma es un refugio para el corazón afligido. No obstante,
cuando se acercan a Dios, la fe o el alma, muchas personas no encuentran alivio, o sólo el que
podría resultar de hablar con un terapeuta. ¿Hay algún poder especial que únicamente se encuentre
en la espiritualidad? Para quienes se acercan a ella, la terapia funciona, y las formas más comunes
de sufrimiento, ansiedad y depresión responden en el corto plazo a los medicamentos. Cuando la
depresión se disipa, ¿hay alguna razón para acercarse al espíritu?
Para responder a estas preguntas debemos comprender, en primer lugar, que dolor no es lo mismo
que sufrimiento.
En sí mismo, el cuerpo descarga el dolor espontáneamente, liberándolo cuando se alivia la causa
subyacente. El sufrimiento es dolor al que nos aferramos. Proviene del misterioso instinto de la
mente de creer que el dolor es bueno, no puede rehuirse o la persona lo merece. Sin todo esto, el
sufrimiento no existiría. Hace falta un esfuerzo de la mente para crear sufrimiento, una mezcla de
creencia y percepción que la persona supone no controla. Pero aunque el sufrimiento parezca
inexorable, lo que nos libera no es atacar al sufrimiento mismo, sino determinar la irrealidad que
nos hace aferramos al dolor.
La causa secreta del sufrimiento es la irrealidad misma.
Hace poco vi una prueba dramática de esto en una situación ordinaria. Por casualidad vi uno de
esos programas televisivos en que personas nacidas con deformidades físicas reciben un
tratamiento gratuito en el que se utilizan todas las capacidades de la cirugía plástica, la odontología
y el arte del esteticista.
En ese episodio particular, quienes buscaban desesperadamente tratamientos eran gemelas
idénticas. Sólo una de ellas quería cambiar su apariencia; la otra no. De adultas, las
gemelas ya no eran exactamente iguales. La “fea” de cada pareja se había fracturado la
nariz, lastimado los dientes o ganado peso. Lo que me pareció dramático fue cómo estos
defectos menores eran comparados con la creencia, compartida por ambas gemelas, de que
una era muy hermosa y la otra inquietantemente fea. Las “feas” admitían que no pasaba un
día sin que se compararan con sus “hermosas” hermanas. En este programa de televisión
podían contemplarse todos los pasos que conducen al sufrimiento:
.. Pasar por alto los hechos.
.. Adoptar una percepción negativa.
.. Reforzar esa percepción mediante el pensamiento obsesivo.
.. Perderse en el dolor sin buscar una salida.
.. Compararse con los demás.
.. Consolidar el sufrimiento mediante relaciones.
Una guía para sufrir incluiría todos estos pasos, que acumulan una sensación de irrealidad que
parece totalmente real. Y en consecuencia, las instrucciones para poner fin al sufrimiento
invertirían estos pasos y devolverían a la persona a la realidad.
Pasar por alto los hechos
El principio del sufrimiento es frecuentemente la negativa a ver la situación como es. Hace muchos
años, algunos investigadores realizaron un estudio sobre la manera en que las personas hacen frente
a las crisis inesperadas. El estudio fue patrocinado por terapeutas que deseaban saber dónde buscan
ayuda las personas que están en problemas. Cuando ocurre lo peor (alguien pierde su empleo, es
abandonado por su cónyuge, se le diagnostica cáncer) aproximadamente quince por ciento busca
alguna clase de ayuda con un consejero, terapeuta o pastor. El resto ve la televisión. Se niegan
incluso a mirar el problema o comentarlo con alguien que pudiera ayudar.
A los terapeutas que patrocinaban el estudio les horrorizaba esta negativa, pero no podían evitar
preguntarse: “¿No es una reacción natural ver la televisión?” Las personas procuran instintivamente
sofocar el dolor con el placer. Buda enfrentó la misma situación hace muchos siglos. En su época,
las personas también trataban de suprimir el dolor porque los monzones no llegaban y todos sus
cultivos se perdían, o la familia moría por una epidemia de cólera. Sin televisión debían encontrar
otros medios de escape, pero la premisa era la misma: el placer es mejor que el dolor; por tanto,
debe ser la respuesta al sufrimiento. La sustitución del dolor con el placer es eficaz en el corto
plazo. Ambos son sensaciones, y si una tiene la intensidad suficiente puede anular a la otra. Pero
Buda no predicaba que la vida es dolorosa a causa del dolor; es dolorosa porque la causa del
sufrimiento no ha sido analizada. Imagina a una persona que está sentada junto a una piscina en
Miami Beach.
Está mirando su serie favorita de televisión y comiendo chocolate, pero alguien le está haciendo
cosquillas con una pluma. Tal vez la persona no sienta mucho dolor pero sí podría estar sufriendo
profundamente. La única manera de evitarlo de manera duradera es confrontar la fuente del
sufrimiento, siendo el primer paso la disposición de ver qué está ocurriendo realmente.
Percepciones negativas
La realidad es percepción, y la persona que sufre queda atrapada por percepciones negativas de su
propia creación. La percepción mantiene el dolor bajo control no reduciéndolo sino produciendo
aún más dolor. Este giro es el que la mayoría de las personas encuentra difícil de comprender. El
cuerpo descarga el dolor automáticamente pero la mente puede hacer caso omiso de ese instinto y
convertir al dolor en algo “bueno”, con el argumento de que es mejor que otras posibilidades aún
peores.
La confusión y el conflicto internos son la razón por la cual a la mente se le dificulta tanto curarse
pese a todo el poder que tiene. El poder se ha vuelto contra sí mismo y, en consecuencia, la
percepción —que podría terminar con el sufrimiento al instante—, cierra la puerta.
Reforzar una percepción
Las percepciones son fluidas, a menos que las fijemos en un lugar. El yo es como un sistema en
cambio constante que incorpora lo nuevo en lo viejo a cada momento. Sin embargo, sí te
obsesionas constantemente con viejas percepciones, éstas se refuerzan con cada repetición.
Analicemos un ejemplo. Anorexia nervosa es el término médico dado a un padecimiento en que la
persona, por lo general una muchacha de menos de veinte años, adopta el hambre como forma de
vida.
Si entrevistáramos a una adolescente anoréxica que pesa menos de 40 kilogramos y le mostráramos
fotografías de cuatro cuerpos, desde lo más delgado a lo más obeso, ella diría que su cuerpo se
asemeja al obeso, pese a que en realidad su constitución es esquelética. Si llegáramos al extremo de
superponer su rostro en las cuatro fotografías, una anoréxica seguiría considerando al cuerpo más
obeso como el suyo. Esta imagen corporal distorsionada desconcierta totalmente a los demás.
Resulta extraño mirar en el espejo un esqueleto y ver en su lugar una persona obesa (así como
resulta extraño que gemelos idénticos crean que uno es extremadamente feo y el otro hermoso).
En estos casos, la percepción se ha distorsionado por razones ocultas relacionadas con la emoción y
la personalidad.
Si a una anoréxica se le muestran fotografías de cuatro gatos, puede distinguir fácilmente cuál es el
más obeso. La distorsión viene de un nivel más profundo, donde el yo determina qué es real
respecto de uno mismo. Es un círculo vicioso: una vez que el yo determina algo sobre sí mismo,
todo en el mundo exterior debe ajustarse a esa decisión. En la mente de la anoréxica, la vergüenza
es esencial para lo que ella es, y el mundo no tiene otra opción que devolverle su imagen
vergonzosa. Matarse de hambre es la única manera que se le ocurre para hacer que esa chica obesa
del espejo desaparezca. Lo que nos lleva a una regla general: la realidad es aquello con lo que te
identificas.
Cuando la vida nos resulta dolorosa es porque nos hemos encerrado en algún tipo de identificación
errónea, contándonos historias privadas e incuestionables sobre quiénes somos. La cura de la
anorexía es marcar de alguna manera la diferencia entre “yo” y esta identificación poderosa y
secreta.
Lo mismo vale para todo tipo de sufrimiento, porque cada persona se identifica arbitrariamente con
una cosa u otra, las cuales le cuentan una historia inexacta de quién es. Aunque fuéramos capaces
de rodearnos de placer a cada minuto del día, la historia equivocada de quiénes somos terminaría
trayendo un profundo sufrimiento.
Perderse en el dolor
Las personas tienen umbrales de dolor notablemente distintos. Los
investigadores han sometido a sujetos a estímulos iguales, como choques eléctricos en el dorso de
la mano, y les han pedido que califiquen la incomodidad sentida en una escala del uno al diez.
Durante mucho tiempo se pensó que como el dolor se percibe mediante caminos neurales idénticos,
las personas debían percibir las señales de dolor de manera más o menos similar (así como, por
ejemplo, casi todos serían capaces de ver la diferencia entre la luz normal y la luz alta de unos
faros). Sin embargo, el dolor que algunos pacientes percibieron como diez, a otros les pareció uno.
Esto indica no sólo que el dolor tiene un componente subjetivo sino también que la manera en que
evaluamos el dolor es completamente individual. No hay un camino universal entre estímulos y
respuesta. Una persona puede sentirse profundamente traumatizada por una experiencia que apenas
resulta significativa para otra.
Lo extraño acerca de este resultado es que ninguno de los sujetos pensaba que estaba creando una
respuesta. Si ponemos accidentalmente la mano sobre una estufa caliente, nuestro cuerpo reacciona
instantáneamente. Pero en ese instante el cerebro está evaluando el dolor y dándole la intensidad
que percibimos como objetivamente real. Y al no renunciar a su control sobre él, las personas se
pierden en el dolor. “¿Qué puedo hacer? MÍ madre murió y estoy desolada. No puedo ni salir de la
cama en las mañanas”. En esta declaración parece haber un vínculo directo entre causa (la muerte
de un ser querido) y efecto (depresión). De hecho, el sendero entre causa y efecto no es una línea
recta; la totalidad de la persona entra en juego, con gran cantidad de factores del pasado. Es como
si el dolor entrara en una caja negra antes de que lo sintiéramos, y en esa caja el dolor fuera
emparejado con todo lo que somos: nuestra historia completa de emociones, recuerdos, creencias y
expectativas. Si eres consciente de ti mismo, la caja negra no está sellada ni oculta. Tú sabes que
puedes influir en lo que ocurre dentro de ella. Pero cuando sufrimos, nos maltratamos a nosotros
mismos. ¿Por qué el dolor es diez en vez de uno? Simplemente porque es; por eso. El sufrimiento
persiste sólo en la medida en que permanecemos extraviados en nuestra propia creación.
Compararse con los demás.
El ego quiere ser el número uno. Por tanto, no tiene más opción que permanecer atrapado en el
Juego eterno de compararse con los demás. Como todos los hábitos arraigados, éste es difícil de
romper.
Un amigo mío supo hace poco que una mujer a la que conocía había muerto en un accidente
automovilístico. Él no la conocía bien, pero sí a todos los amigos de ella. Unas horas después de su
muerte, una nube de pesar se cernió sobre ellos.
La mujer era muy querida y había realizado muchas buenas obras; era Joven y estaba llena de
optimismo. Por estas razones, las personas se apesadumbraban aún más, y mi amigo, quedó
atrapado en ello. “Me vi saliendo de mi auto y siendo arrollado por un conductor de los que
atropellan y huyen, como le pasó a ella. Seguía pensando que debía hacer algo más que enviar
flores y una tarjeta. Coincidió que la semana del funeral salí de vacaciones, y fui incapaz de
divertirme sólo de pensar en la impresión y el dolor de morir así.”
En medio de estas reacciones, mi amigo comprendió súbitamente algo: “Me sentía cada vez más
triste hasta que de repente entendí: ‘Ésa no es mi vida. Ella no es yo’. Ese pensamiento me pareció
muy extraño. Quiero decir: ¿no es bueno ser compasivo? ¿No debería compartir la pena que sentían
todos mis amigos?” En ese momento dejó de compararse con los demás, algo nada sencillo porque
todos adquirimos identidad a partir de padres, amigos y cónyuges. Una comunidad entera ha
adoptado una residencia fragmentaria en nosotros, compuesta de porciones de otras personalidades.
Nuestro estilo de sufrimiento lo hemos aprendido de los demás. En la medida en que te sientas
estoico o débil, bajo control o víctima, desesperado o esperanzado, te estás adhiriendo a reacciones
establecidas por alguien más. Desviarnos de sus pautas nos parece extraño, amenazador incluso.
En el caso de mí amigo, rompió una pauta de sufrimiento; cuando se dio cuenta de que era de
segunda mano. Anteriormente, quería sentir lo que creía apropiado y lo que le parecía que
esperaban de él. Quería adaptarse a la manera en que los demás veían la situación. Mientras te
compares con los demás, tu sufrimiento persistirá como una manera de adaptarte.
Consolidar el sufrimiento mediante relaciones
El dolor es una experiencia universal; por tanto, está presente en todas las relaciones. Nadie sufre
solo, y aunque hicieras todo lo posible por sufrir en silencio, tendrías un efecto en quienes te
rodean. La razón por la cual a las personas les resulta tan difícil participar en una relación sanadora
es que la vida en nuestra familia de origen requería frecuentemente una buena cantidad de
inconsciencia. Pasamos por alto lo que no queremos ver; guardamos silencio sobre cosas de las que
es demasiado difícil hablar; respetamos límites aun cuando éstos resultan limitantes. En resumen, la
familia es donde aprendemos a negar el dolor. Y el dolor negado es otro nombre para el
sufrimiento.
Si se les diera a escoger, la mayoría de las personas preferirían mantener sus relaciones a dejar de
sufrir. Esto se comprueba en familias abusivas en que las víctimas no se defienden ni se van.
(Algunos estados han aprobado leyes que obligan a la policía a arrestar a abusadores domésticos,
pese a las protestas de los cónyuges a quienes golpean y torturan. Sin estas leyes, la víctima se pone
del lado del abusador más de la mitad de las veces.) Una relación sanadora se basa en la
conciencia; en ella, ambos compañeros trabajan para romper viejos hábitos que promueven el
sufrimiento.
Se trata de una situación delicada, como la de mi amigo, porque compasión significa que aprecias
el sufrimiento que otro está experimentando, además del tuyo. Pero al mismo tiempo debe haber
distanciamiento, asegurarse de que ese sufrimiento, sin importar cuan real sea, no es la realidad
dominante. Las actitudes que contribuyen a una relación sanadora se vuelven parte de una visión
que mantienes para ti y para la otra persona.
Una visión sin sufrimiento
Cómo relacionarse con una persona que sufre
Te acompaño en tu sentimiento. Sé por lo que estás pasando.
No tienes que sentirte de determinada manera sólo para hacerme feliz.
Te ayudaré a superar esto.
No debes temer que me estás alejando.
No espero que seas perfecto. No me estás decepcionando.
El dolor que sufres no es tu yo real.
Puedes tener el espacio que necesitas, pero no te dejaré solo.
Seré contigo tan auténtico como pueda.
No tendré miedo de ti, aunque tengas miedo de tu dolor.
Haré todo lo que pueda para mostrarte que la vida sigue siendo buena y la felicidad aún es posible.
No puedo hacerme responsable de tu dolor.
No te dejaré aferrarte a tu dolor, estamos aquí para superar esto.
Tomaré tu recuperación tan seriamente como mi propio bienestar.
Como puedes ver, estas actitudes presentan algunos escollos sutiles. Cuando te relaciones con
alguien que está sufriendo debes ofrecerte y, al mismo tiempo, mantenerte dentro de ciertos límites.
“Siento tu dolor, pero no es mío” es una postura difícil. Puede inclinarse hacía cualquier lado.
Puedes involucrarte tanto en el dolor hasta el punto en que lo fomentes, o puedes ocultarte detrás de
tus propios límites y dejar fuera a la persona que está sufriendo. Una relación sanadora mantiene un
equilibrio adecuado. Ambos deben conservarse alerta y atentos; mantener la mirada en la visión
espiritual que está delante; estar dispuestos a tener respuestas nuevas cada día. Sobre todo,
comparten un camino que conduce, paso a paso, fuera de la irrealidad.
El objetivo último, si en verdad quieres ser real, es experimentar la existencia en sí. “Yo soy” es
esa experiencia. Es al mismo tiempo común y rara, porque todo mundo sabe cómo ser, pero pocos
extraen toda la promesa de su propio ser. El “yo soy se pierde cuando empiezas a identificarte con
el “yo hago esto, yo tengo aquello, me gusta A pero no B”. Estas identificaciones se vuelven más
importantes que la realidad de tu ser puro.
Profundicemos en el vínculo entre sufrimiento e irrealidad. La manera en que olvidamos la paz y
claridad del “yo soy” puede dividirse en cinco aspectos. En sánscrito se les conoce como los cinco
kleshas, causa fundamental de todas las formas de sufrimiento.
1. No saber qué es real.
2. Aferrarse a lo irreal.
3. Temer lo irreal y rehuirle.
4. Identificarse con un yo imaginario.
5. Temer la muerte.
En este instante, tú y yo estamos haciendo alguna de estas cinco cosas, aunque empezamos hace
tanto tiempo que hemos asimilado el proceso por completo. Los cinco kleshas están ordenados en
cascada. Una vez que olvidamos qué es real (primer klesha), los demás ocurren automáticamente.
Esto significa que para la mayoría de las personas, sólo la última —temer la muerte— es una
experiencia consciente; por tanto, debemos partir de ahí y avanzar hacia arriba.
El temor a la muerte es una fuente de ansiedad que se extiende a muchas áreas. La manera en que
nuestra sociedad glorifica la juventud y teme el envejecimiento, nuestra necesidad desesperada de
distracción, la venta de cosméticos y tratamientos de belleza, el auge de gimnasios tapizados con
espejos de cuerpo entero y la manía por las celebridades, son síntomas del deseo de negar la
muerte. La teología intenta convencernos de que hay vida después de la muerte, pero como esa idea
debe sustentarse en la fe, la religión obtiene obediencia blandiendo sobre nuestras cabezas la vida
después de la muerte. Si carecemos de fe, adoramos al dios equivocado o pecamos contra el
correcto, nuestras posibilidades de ser recompensados después de morir se desvanecen. Los
conflictos religiosos siguen suscitándose a causa de este asunto que provoca tanta ansiedad: los
fanáticos preferirían morir por la fe que vivir aceptando que la fe de otro tiene derecho de existir.
“Muero para que no puedas creer en tu Dios” es el legado más corrupto del quinto klesha.
Las personas no temen la muerte por ella misma sino por una razón más profunda: la necesidad de
defender un yo imaginario. Identificarse con un yo imaginario es el cuarto klesha, y es algo que
todos hacemos. Aun en un nivel superficial, las personas erigen una imagen fundamentada en el
ingreso económico y el estatus. Cuando Francisco de Asís, el hijo de un acaudalado comerciante de
seda, se despojó de sus ricas vestiduras y renunció al dinero de su padre, no sólo estaba privándose
de sus posesiones terrenales sino de su identidad, aquello por lo cual la gente sabía quién era.
Según su conciencia, era imposible acercarse a Dios por medio de una imagen falsa de sí.
La imagen propia está muy relacionada con la autoestima, y todos sabemos el alto costo que paga
una persona cuando la pierde. Los niños que en la escuela primaria se sentaban en la última hilera y
evitaban la mirada del profesor, rara vez llegan a discutir política externa o arte medieval porque
muy temprano integraron en su imagen una impresión de ineptitud. Por el contrario, los estudios
han demostrado que si a un maestro se le dice que un alumno es excepcionalmente brillante, ese
alumno se desempeñará mejor en clase aun cuando su selección haya sido aleatoria. Los niños con
bajo ci pueden alcanzar mejores resultados que aquellos con alto ci si tienen la suficiente
aprobación por parte de sus maestros. La imagen establecida en la mente del maestro es suficiente
para convertir a un alumno mediocre en uno destacado.
La identificación con una imagen falsa de nosotros también provoca sufrimiento de otras maneras.
La vida nunca deja de exigir más y más; las exigencias a nuestro tiempo, paciencia, capacidad y
emociones pueden ser tan abrumadoras que admitir nuestra incapacidad parece ser lo más honesto.
En la imagen equivocada de una persona está enterrada la terrible historia de todo lo que le ha
salido mal. Los “No lo haré”, “No puedo hacerlo” y “Me doy por vencido” emanan del cuarto
klesha.
El tercer klesha nos dice que aun con una imagen saludable de nosotros, rehuimos las cosas que
amenazan nuestros egos. Estas amenazas están en todas partes. Yo temo la pobreza, perder a mi
esposa, infringir la ley; temo hacer el ridículo ante alguien cuyo respeto quiero conservar. Para
algunas personas, la idea de que sus hijos sigan un mal camino es una grave amenaza para la
imagen que tienen de sí mismos.
La frase “En esta familia no hacemos eso”, normalmente significa: “Tu comportamiento es una
amenaza para lo que soy”.
Sin embargo no nos damos cuenta de que hablamos en clave. Una vez que nos identificamos con
una imagen, por instinto tememos que se derrumbe. La necesidad de protegerme de lo que temo es
parte de lo que soy.
El segundo klesha dice que las personas sufren porque se aferran, no importa a qué. Aferrarse a
algo es una manera de mostrar que tememos que nos lo quiten. Las personas se sienten violadas
cuando un carterista huye con su bolsa, por ejemplo, o si al volver a casa descubren que alguien ha
irrumpido en ella. En estas intromisiones, lo importante no son los artículos robados; las bolsas y
los enseres domésticos pueden reemplazarse. Sin embargo, la sensación de daño personal suele
persistir durante meses y años. Si jala el gatillo preciso, el simple robo de una bolsa puede hacernos
perder todo sentido de seguridad personal. Dejamos de sentirnos invencibles. Alguien nos ha
despojado de la ilusión de que somos intocables. (El paroxismo producido en todo Estados Unidos
por los ataques terroristas al Worid Trade Center mantiene vivo el drama de “nosotros” contra
“ellos”, a gran escala. La idea de la invulnerabilidad estadounidense fue revelada como una ilusión.
No obstante, no se trataba de un problema nacional; era un problema individual percibido a gran
escala.)
El sufrimiento tiene muchos matices y recovecos. La pista nos lleva del miedo a la muerte a un
falso sentido del yo y a la necesidad de aferrarse. No obstante, en última instancia, la irrealidad es
la única causa de todo el sufrimiento. El problema nunca fue el dolor. De hecho, es todo lo
contrario: el dolor existe para que esa ilusión no pueda sostenerse. Si la irrealidad no fuera
dolorosa, parecería real siempre.
Los cinco kleshas pueden solucionarse de una vez por todas si abrazamos la realidad única. La
diferencia entre “yo soy mi sufrimiento” y “yo soy” es pequeña pero crucial. Este malentendido ha
generado mucho sufrimiento. Si pienso que nací, no puedo evitar la amenaza de morir; si pienso
que existen fuerzas externas, debo aceptar que pueden hacerme daño; si pienso que soy una
persona, veo otras personas por todas partes. Todas estas impresiones son elucubraciones, no
hechos. Las impresiones que creamos cobran vida propia mientras no las cambiemos.
Sólo se necesita un parpadeo de la conciencia para perder contacto con la realidad. En verdad no
existe nada fuera del ser. Tan pronto como empezamos a aceptar este hecho, todo el propósito de la
vida cambia. El único objetivo que vale la pena alcanzar es la libertad absoluta de ser uno mismo,
sin ilusiones y creencias falsas.
El quinto secreto trata de cómo detener el sufrimiento. Hay un estado de ausencia de sufrimiento
dentro de ti; es conciencia simple y abierta. En contraste, el estado de sufrimiento es complicado
porque en sus intentos de luchar contra el dolor, el ego se rehúsa a ver que la respuesta podría ser
tan sencilla como simplemente aprender a ser. Cualquier paso que des para dejar de aferrarte a
complicaciones, te acercará al estado simple de la sanación. Las complicaciones se presentan como
pensamientos, sentimientos, creencias y energías sutiles, manifestaciones de deudas emocionales
ocultas y de resistencia.
Para este ejercicio, utiliza cualquier cosa de tu vida que te produzca una profunda sensación de
incomodidad, malestar o sufrimiento. Puedes elegir algo que haya persistido durante años o que sea
muy importante en tu vida en este momento. No importa si hay algún elemento físico, aunque si
eliges un padecimiento físico crónico, no consideres este ejercicio una cura; estamos tratando con
las pautas de percepción que te orillan a aterrarte al sufrimiento.
Durante el siguiente mes, siéntate a solas durante al menos cinco minutos al día con la intención de
despejar las siguientes complicaciones:
Desorden
El caos es complicado; el orden es simple. ¿Tu casa es un desastre? ¿Tu escritorio tiene pilas y
pilas de trabajo?
¿Estás permitiendo que otros ensucien y desordenen porque saben que no los responsabilizarás de
ello? ¿Has acumulado tanta basura que tu entorno es como un registro arqueológico de tu pasado?
Estrés
Todo mundo se siente estresado, pero si no puedes desechar completamente tu estrés por las noches
y regresar a un estado interno tranquilo, centrado y agradable, estás sobre-estresado. Analiza
cuidadosamente las cosas que te producen tensión. ¿El camino a tu trabajo es estresante? ¿Te
levantas demasiado temprano sin haber dormido suficiente? ¿Ignoras las señales de agotamiento?
¿Tu cuerpo está estresado debido al sobrepeso o a una falta total de condición? Haz una lista de las
cosas que te provocan más estrés y trabaja para reducirlas hasta que sepas sin lugar a dudas que no
estas sobre-estresado.
Sufrimiento empático
Infectarse con los padecimientos de otros provoca sufrimiento. Habrás cruzado la línea de
la empatia al sufrimiento si te sientes peor luego de ser compasivo con alguien. Si
honestamente no puedes presenciar situaciones negativas sin asumir un dolor que no es
tuyo, sal de ahí. Perder de vista tus límites no te convierte en una “buena persona”.
Negatividad
El bienestar es un estado simple al que cuerpo y mente regresan de manera natural. La negatividad
impide este regreso haciéndonos habitar en el malestar. ¿Chismorreas con placer sobre las
desgracias de los demás? ¿Pasas tiempo con personas que se quejan y critican constantemente?
¿Ves todos los desastres y catástrofes que ofrecen los noticiarios de televisión? No tienes
obligación de tomar parte en estas fuentes de negatividad; aléjate y presta atención a algo más
positivo.
Inercia
Inercia significa dejarse llevar por viejos hábitos y condicionamientos. Sean cuales sean las causas
de depresión, ansiedad, trauma, inseguridad o pesar, dichos estados perduran si adoptas una actitud
pasiva. “Las cosas son así” es el lema de la inercia. Toma conciencia de que “no hacer nada” es, de
hecho, la manera en que te has entrenado para dejar las cosas como están. ¿Te sientas y te
abandonas al sufrimiento? ¿Rechazas consejos que podrían ayudarte, antes de considerarlos?
¿Sabes cuál es la diferencia entre aferrarse y airear genuinamente tus sentimientos con intención de
sanarlos?
Examina la rutina de tu sufrimiento y libérate de ella.
Relaciones tóxicas.
Sólo hay tres clases de personas en tu vida: las que te dejan solo, las que te ayudan y las que te
lastiman. Las personas que te dejan solo consideran tu sufrimiento una molestia o inconveniencia;
prefieren mantener su distancia para sentirse mejor. Quienes te ayudan tienen la fuerza y la
conciencia necesarias para hacer con tu sufrimiento más de lo que tú puedes hacer solo. Quienes te
lastiman quieren que la situación siga igual porque no les interesa tu bienestar. Analiza
honestamente cuántas personas de cada categoría hay en tu vida. Esto no es lo mismo que contar
amigos y familiares cariñosos. Valora a los demás únicamente según se relacionan con tus
dificultades.
Luego de realizar un conteo realista, toma la siguiente actitud:
No volveré a contar mis problemas a quien prefiere dejarme solo. No es bueno para ellos ni para
mí. No quieren ayudar, así que no les pediré que lo hagan.
Compartiré mis problemas con quienes quieren ayudarme. No rechazaré ofertas sinceras de ayuda
por orgullo, inseguridad o duda. Pediré a estas personas que se unan a mí en mi sanación y haré de
ellas una parte mayor de mi vida.
Pondré distancia entre mí y quienes buscan lastimarme.
No tengo que confrontarlos, hacerlos sentir culpables ni convertirlos en causa de mi
autocompasión. Pero no me permitiré absorber su efecto tóxico, y si eso implica mantener mi
distancia, lo haré.
Creencias
Examina los motivos posibles por los que quieres sufrir. ¿Rechazas que hay algo mal? ¿Crees que
no mostrar tu sufrimiento te hace una mejor persona? ¿Disfrutas la atención que recibes cuando
estás enfermo o afligido? ¿Te sientes seguro estando solo y sin tomar decisiones difíciles?
Los sistemas de creencias son complejos: mantienen el yo que queremos presentar al mundo. Es
mucho más sencillo no tener creencias, lo que significa estar abierto a la vida tal como se cruce por
tu camino, avanzando con tu inteligencia interna en vez de con juicios almacenados. Si estás
bloqueado por tu sufrimiento y vuelves a los mismos viejos pensamientos una y otra vez, un
sistema de creencias te ha atrapado.
Sólo terminando con tu necesidad de aferrarte a estas creencias puedes escapar de la trampa.
Energía y sensaciones
Confiamos en nuestros cuerpos para que nos digan cuándo estamos sufriendo dolor; y el cuerpo,
como la mente, sigue pautas familiares. Los hipocondríacos, por ejemplo, consideran la primera
señal de malestar como un mensaje claro de que están gravemente enfermos. En tu caso, también
estás considerando sensaciones familiares y utilizándolas para confirmar tu sufrimiento.
Muchas personas deprimidas, por ejemplo, interpretan el agotamiento como depresión. Como no
han dormido bien o han trabajado de más, interpretan la fatiga como síntoma de depresión. La
manera de manejar estas sensaciones es despojarlas de la interpretación. En vez de estar triste,
considera esto como la energía de la tristeza. Como el cansancio, la tristeza tiene un componente
corporal que puede descargarse.
En vez de ser una persona ansiosa, maneja la energía de la ansiedad.
Todas las energías se descargan del mismo modo:
Respira profundamente, permanece sentado en silencio, y percibe la sensación en tu cuerpo.
Percibe la sensación sin juzgarla. Sólo retenla.
Permite a los sentimientos, pensamientos o energías que quieran surgir, que lo hagan. Esto por lo
general significa escuchar la voz de la ansiedad, la ira, el temor o el dolor de haber sido lastimados.
Permite que las voces digan lo que quieran decir. Escucha y comprende qué está ocurriendo.
Deja que la energía se disperse todo lo que pueda. No exijas una descarga completa. Piensa que tu
cuerpo soltará la energía acumulada que pueda.
Luego de unas horas, o al día siguiente, repite todo el procedimiento.
Éste parece un régimen muy estricto, pero lo único que se te pide es que dediques cinco minutos al
día a cualquiera de estas áreas. Los pasos pequeños producen grandes resultados. La conciencia
simple es la normal en la naturaleza; el sufrimiento y las complicaciones que lo mantienen en
marcha no son naturales, y mantener toda esa complejidad es un gasto inútil de energía. Al
esforzarte todos los días por alcanzar un estado más simple, estás haciendo lo mejor que alguien
puede hacer para terminar con el sufrimiento: arrancar las raíces de la irrealidad.
- Deepak Chopra -
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